miércoles, 14 de febrero de 2018

Nuestro particular Miércoles de Ceniza




Un ruego: que nadie se escandalice por lo que aquí pueda leer. Otro ruego: si alguien se cree puro o pura que no lea más. Tercer ruego: la existencia hay que revestirla de ironía y ganas de pasarlo bien, háganlo.

Pues la verdad es que un servidor, con esto de San Valentín no había caído en la cuenta de que hoy es Miércoles de Cenizas, ya saben ese día en que, al menos antiguamente, la Iglesia nos recordaba que la teníamos que diñar y por ello el padre cura nos colocaba ceniza en la frente al tiempo que nos decía, más o menos: “polvo eres y en polvo te habrás de convertir”. Hoy, me dicen algunos amigos, que se sigue imponiendo la ceniza con el mandato de “conviértete”. De una forma u otra, el rito tiene algo de tragicomedia, pues son muy pocos los que no saben que aquí estamos de paso hasta que lleguemos a la Estación Término, a no ser que, como al profeta Elías, alguien nos suba hacia los cielos en un carro de fuego.

Pues bien, serían las 19:15 horas cuando bajé a mi querido Gran Vía, sito en calle Don Cristián, a tomar un corto y de rebote un güisqui con bastante hielo y algo de agua. Eran las 23:15 horas cuando, con paso erecto y derecho, salía de tan sagrado lugar. Y salí bien, con algunas copas más de agua de fuego y habiendo saboreado algo de mojama, salchichón, lomo, tomatitos y todo ello aderezado con bocaditos de amistad.

La amistad se puede saborear de dos maneras diferentes: a palo seco y con unas copas bien bebidas, mejor de la última manera siempre que no se llegue a la embriaguez, y la vivamos en ese filo de la navaja que podríamos denominar “puro cachondeo”.

Pasaron por el Gran Vía toda una serie de personajes que bien se merecen, merecemos, una novela corta y coral: Pepe “el pollo”, Manolo “el bético”, Ignacio “el besucón”, Juanito “el de la ONCE”, Emilio el todoterreno, Julio Moyano, Paco, etc. Buena gente.

No sé cómo, pero como casi todos son cofrades hablamos del Miércoles de Ceniza y no quisimos largarnos del Gran Vía hasta no hacer nuestro particular rito, del que yo fui oficiante. Y así, recogiendo de un cenicero colocado en el exterior, por mor de la excelsa Leire Pajín, culpable de tanto resfriado cogido de entrar y salir, fui imponiendo la ceniza a todos y cada uno de los amigos, al tiempo que, cambiando la frase, decía: “de polvo vienes y polvo tendrás que echar”, dicho que tal vez sea
más real, o al menos, menos trágico que el que clama la tristona Iglesia para decirnos que se inicia la Cuaresma.

Ustedes perdonen.

2 comentarios:

  1. Jaja!! Eres un genio. Gracias por tu sentido del humor, corazón. Tres polvos!! Uy, perdón, tres besos.

    ResponderEliminar
  2. Nada que perdonar, y mucho que aplaudir.
    Un abrazo, José.

    ResponderEliminar