martes, 26 de septiembre de 2017

Un paréntesis en la ensaladilla catalana




Vomitar es la palabra de toda aquella persona que, sin ser un profesional de las columnas de opinión, es mi caso, acude a ella en la mayoría de los casos para analizar lo que acontece a su alrededor, y en una minoría excepcional para tranquilizar su espíritu ante la zozobra de lo que ocurre en su contorno más íntimo. Y no se es profesional porque, a pesar de las más de diez mil columnas escritas y publicadas en distintos medios de comunicación, jamás ha cobrado una peseta o un euro por ello; y afirmo y sostengo que los que si se alimentan de ello se deben a sus paganinis.

          Que lo estoy pasando regular no se le escapa a cualquiera que me conozca un mínimo, a pesar del silencio que rodea a los que me consideran y desean que los reconozca como amigos, hecho que no efectúo porque sé que al igual que yo, ellos pasan a veces por situaciones como mi problemática y un servidor, por aquello de no añadir más fuego a la brasa interior que intenta consumirme, no desea ser cómplice de más sufrimientos que aquellos que pueda dignamente sobrellevar.

          El otro día, por ejemplo, tuve que esperar a que llegase un día determinado de la semana en el que un ser querido -supongan el que ustedes deseen- estuviese acompañado para ir a visitar a un buen amigo en un hospital de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia. Y fui, y estaba allí, pero no, porque el alma -ese maravilloso suspiro del cuerpo- se encontraba en otro lugar. Y allí, con él y ella, comprobé que la fe -ya tan denostada- puede seguir moviendo montañas.

          Y el silencio -esa terrible arma que los humanos padecemos de los que creen serlo-, a la vuelta, siguió envolviéndome en la crueldad insignificante del olvido.

¡Oh el olvido!, terrible arma de los fariseos del siglo XXI.



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