lunes, 7 de agosto de 2017

El eclipse





Esta noche gozaremos de luna llena y de un eclipse que cercenará, en parte, la visión de ella. Realmente vivimos a diario cientos de millones de eclipse, siendo el más importante la ocultación de una parte de nuestro ser, aquella que por íntima no permitimos, a veces ni a nosotros mismos, que se hurgue en ella. Vivimos, o al menos lo creemos, instrumentalizando, mediante la hipocresía, nuestra propia realidad.


De todos los eclipses, el más peligroso es el que hacemos de Dios. Supongamos que nuestra teoría es el creacionismo, es decir que el mundo o universo, en su conjunto, ha sido creado por Dios y que, en un momento dado, huyendo de metáforas bíblicas, creó al hombre y a la mujer. Sé que es mucho creer, es por eso que digo supongamos.


Desde ese instante, ese Supremo Creador, al que podríamos llamar Misterio, dejó hacer en aras de la libertad a hombres y mujeres que construyeran la sociedad en la que vivimos. Y eso es lo que tenemos, nos guste o no, lo que nosotros mismos hemos fabricado; y para más inri crea usted, o no, en Dios.


En el nombre de Dios, sea el de los cristianos o sea el de otras religiones, el hombre ha hecho el bien y el mal, pero éste último ha superado al primero. De ello, somos responsables todos, laicos y religiosos, unos por comisión y otros por omisión; y de ello no hay quien se salve.


Pide Francisco I la vuelta a las raíces del cristianismo. Y no existe más raíz, en el caso que sea un personaje verdaderamente histórico, que la de Jesús de Nazaret con todas las contradicciones que, según los evangelios, se dan en Él. Habría que volver, pues, a las catacumbas, a la persecución, a vivir su Credo -el de los pobres-, a fustigar a los mercaderes, sean estos del templo, de la banca o de la clase política. Sería necesario desbrozar con un buen machete todo el emperifollado con que la Iglesia y nosotros hemos velado el auténtico rostro del Nazareno.


Habría que ponerle una bomba lapa a los Mandamientos de la Iglesia y, si me apuran mucho, a los llamados de la Ley de Dios, y dejar vigente solamente uno, aquel que, según los dichos y hechos de Jesús, se le atribuye a él, a saber: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, y no como nosotros concebimos el amor.


www.josegarciaperez.es

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