martes, 8 de agosto de 2017

El terral





Los que vivimos en Málaga sabemos gozar y sufrir de un día de terral, o sea, del infierno en forma y manera de calor seco que nos abrasa si osamos salir de casa.

          Nosotros, gente de mar, conocemos la brisa de levante y el tono de poniente; nos acurrucamos ante ella y nos guarecemos ante él, pero no estamos acostumbrados al trío de días del azote del terral.

          Desde hace días los móviles nos venían avisando que hoy en esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, la del “paraíso” que dijera don Vicente Aleixandre, alcanzaríamos los 38º grados de temperatura; ya sé que en otros lugares pasan con holgura de los 40 centígrados y no pasa nada porque están acostumbrados a ellos, pero esto de hoy es harina de otro costal, llámese dicho costal Sevilla, Córdoba o Jaén; pero nosotros, que somos unos mimados de Dios y desconocemos lo del horno al rojo vivo si osamos salir de la penumbra del techo de nuestro hogar, somos unos chuletas y gustamos de presumir de achicharrarnos cruzando las arterias que conducen a la búsqueda de una fresca cerveza.

          En la antesala de la ya inminente Feria de Agosto, nos ha llegado, para conseguir el perdón de nuestros desvaríos sexuales con la brisa de levante, un día de terral donde purgar nuestras chulerías de poseer el mejor clima del mundo.

          Y bien, al menos un servidor, que estamos pagando el tanto sacar pecho. Cuando esta mañana, tras mis tareas de aseo y demás menesteres, asomé el trasto que tengo por cabeza en la calle camino del bar Los Rosales me dije que había metido la pezuña, y así fue.

          Tras la cuarta caña, destrozado y sin abanico, encaminé mis pasos a la bendita casa donde, con aire acondicionado y sin más abrigo que un taparrabo que tengo para las ocasiones, tecleo esta idiotez que a nadie interesa y me dispongo a ver, con alguna que otra bebida refrescante, el duelo entre los hombres de Mou y Zinedine.

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