miércoles, 19 de julio de 2017

Blesa




Sabemos que Blesa ha muerto. Se supone que él ha puesto fin a su vida. No se sabrá hasta que la autopsia dictamine si ha sido un accidente y queda lejísimo la posibilidad de un asesinato.

          No sería fiel a mí mismo si dejara de balbucear algo sobre este trágico suceso. Se sabe que estaba condenado a prisión a cuatro años a causa de las famosas tarjetas de la vergüenza, y a la espera de más encuentros con la justicia por su presunta o segura corrupción, pero a él esto ya no le preocupa lo más mínimo pues dejó de existir.

          Dicen que era hombre de carácter e íntimo amigo de Aznar que, por cierto, pagará sus consecuencias; al tiempo. Algo purgó en vida su desmedida ambición por tener más, ya saben, la “pena” de telediario y los escraches recibidos en plena calle a la entrada y salida de las salas de justicia.

          Los “preferentistas”, los engañados que no leyeron la letra pequeña de lo que firmaban, seguramente que algunos, en parte, se habrá alegrado de la muerte del cazador Blesa, aunque otros ya han recuperado lo que invirtieron a ciega creyendo al director amigo de la sucursal bancaria vecina.

          Pero anda suelta esa nueva “jauría humana” que se alega y mofa de la muerte del corrupto desde el anonimato asqueroso y vergonzoso de las redes sociales.

          Por ello, porque soy como soy, de lo que me alegro cantidad, repudio y vomito de mi boca a los que se alegran de la muerte de un hombre que tomó presuntamente -aún no había sido condenado por la justicia- por bandera el poder del dinero.
          Más que por su muerte hubiese apostado por la justicia.






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