viernes, 23 de junio de 2017

Noche de San Juan

 
Todo fue un sueño de ayer, que esta noche, la de San Juan, intentaré sea realidad. En primer lugar, el personal que nos arracimamos todas las noches vamos a construir nuestra “Velaílla de la Zamarrilla”, Virgen del barrio que nos acompaña día y noche con su roja rosa en la que guardamos nuestros escasos pecados y multitud de errores.
   
  Desde primeras horas de la mañana, ustedes son testigos de ellos, he ido, con gran fluidez, construyendo mi trabajo diario para no caer en las manos del demonio pinchaúvas, y una vez terminada la labor he ido deshojando la margarita del ridículo y, a pesar de los años, he ido al chino de calle Peso de la Harina para comprar pequeñeces e ir preparardo el festejo. Se trata de pasarlo bien, y para ello es importantísimo hacerse niño, hecho que para mí es más fácil de lo que puedan creer.
  
  Paco Montoya, al que la Virgen del Carmen le tiene que echar una mano, había preparado una velaílla para celebrar lo que fuese y, por ello, corría la cerveza como un río y se asaban sardinas, caballas, alitas de pollo, jamón y otras cosas del guarro, exquisitas todas. Con sumo cuidado, para evitar accidentes, preparamos un simulacro de fogata con tres o cuatro cajitas de madera a las que prendimos fuego. Sabemos  que esta operación se realiza allí donde la mar besa la arena, pero ya no estamos nosotros para festejos de mucha bulla y, por ello, preferimos quemarnos en nuestras propias ascuas.
  
  Y he aquí que por la esquina este del pasaje de Zamarrilla se hizo realidad una hierofanía, manifestación sagrada, cuando una diosa hecha mujer, o viceversa, asomó su fuego de antorcha humana con el que todos fuimos inflamados a su paso.
  
  Detuvo ella su caminar, se desabrochó la blanca blusa y dos milagros arrimaron más lumbre a la pequeña fogata. Voló su misterio sobre las ardientes maderas, y su sombra celeste pareció un cielo; un manantío de aceituna, su desnudo torso; y una melena incendiaria, sus cabellos, surcó el pequeño fuego y sus lenguas, como las de Pentecostés, la adoraron.
 
  Y siguió su camino; y yo el suyo. Se detuvo y acercó, y una lengua de fuego me incendió. Verónica se llamaba.
 
  Hasta aquí el sueño que esta noche, seguro se convertirá en realidad.



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