lunes, 8 de mayo de 2017

Y qué me importa Francia




Si por esas casualidades de la vida me lees, querido amigo o  “enemigo”, comprenderás, o no, que me importa poco, pero que muy poco, lo que pienses sobre el título de este “copo”.

         Verás… es que hoy al mediodía cuando tomaba los restos del segundo Jameson -marca de buen güisqui por si no lo sabes ya que bebes agua mineral- y mis glándulas lacrimales rociaban de agua salada mis ancestrales mejillas, mis pensamientos, si es que pensaba, se encaminaban camino de la nada, a Francia y sus elecciones, Europa y su mercado, España y su corrupción que hiede, el PSOE y sus primarias, Trump y sus desvaríos, Rajoy y sus cómplices, Podemos y sus “números”, los poetas y sus cantos, un tal Sarria y sus acólitos, a saber, una chica de nombre Reme, un tal Paco y un Ghoete de pacotillas que me importan un bledo.

         ¿Saben la causa?... es que ella, la única, la que parió a nuestra hija Rosamary, y ésta a nuestras nietas, la veo mal, muy mal; tan mal la veo que, sin caer un servidor en la cuenta, es capaz ella, mi amor, de sepultarse en el inconsciente de la vida y emerger en la maldita enfermedad del AZH sin yo poder hacer nada por impedirlo.

         Qué importa mi capacidad para escribir un soneto o una sextina, un verso libre o una perorata trágico-cómica sobre el amor, si no tengo en mis manos el poder para poner en equilibrio sus neuronas ante la facilona premisa de conseguir que ahora toca dormir, después andar y más tarde sonreír, para al final del día descansar.

         Y es ahora, cuando ya parece tarde hasta para decir adiós, que caigo en la cuenta de que la amé desde siempre y hasta el final de mis días.

         Se va -amigos y amigas- aunque yo me vaya antes psíquicamente; son cosas, me dicen los creyentes que debo asumir pero que yo, rebelde siempre, no admito y lucharé hasta el final con mi último poema.

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