lunes, 3 de abril de 2017

El Paráclito y la pelotita verde del chihuahua Rambo




Se presentaba entretenido este pasado fin de semana con la estancia entre nosotros de nuestra única hija y sus perritos chihuahuas Rambo y Ginebra, tres preciosidades de criaturas cada una de ellas a su estilo.
          
Ginebra, más conocida por Gin, no da mucho trabajo pues va a lo suyo sin importunar a nadie; danza y danza como una loquilla por todos los recovecos de casa, y cuando se cansa da un pequeño saltito y se acurruca entre las piernas de cualquiera de nosotros.
         
 Rosamary, la eterna niña, gusta del buen yantar  y nos introducimos, la mayoría de las veces, en conversaciones sobre su niñez. Mientras degustábamos unos mariscos en el lugar conocido por “Marisquería Pelayo” se interesó por saber de mis andanzas como Maestro; le comenté algunas anécdotas, pero ella en lo que estaba interesada, tras haber degustado un par de frescos Rueda, era en saber cómo en cierta ocasión, en el Grupo Escolar Nuestra Señora de los Remedios del pueblo de Cártama (Málaga) -donde me inicié como Director Escolar-, había “colocado” en un examen de Religión la siguiente pregunta: ¿Quién es el Paráclito?
          
Sonreí a mi hija, observé la botella de Rueda y recapacité cómo había cambiado un servidor y la sociedad que nos rodea y acosa. Hablamos y nos reímos porque nos apostamos otro vidrio color oro puro que la chavalería de hoy, y más gente, no sabría con seguridad que el Paráclito es el nombre con el que el evangelista San Juan nombró al conocido hoy por Espíritu Santo cuando aquello del monte Tabor, eso, en el Tabor estábamos nosotros en ese momento totalmente transfigurados por la nube etílica que nos envolvía.
          
Al regresar a casa, el chihuahua Rambo seguía buscando con la única pelotita con la que juega, la de color verde; y allí estaba él con el morro introducido en los bajos de una enorme cama de matrimonio moviendo su colita; supe por intuición que la pelotita estaba debajo, así que tomé una escoba, me puse de rodillas, introduje el palo por los bajos de cama y salió la pelotilla.
          
Al intentar levantarme apoyé las manos en un banquito y, me cachis en la mar, los ciento ochenta y dos centímetros que formatean el ya endeble cuerpo de quien esto escribe quedaron desparramados por el suelo, quedando muy dolorido el brazo derecho mientras Rambo disfrutaba de lo lindo y las damas, incluida Ginebra, me ayudaron a levantarme del frío suelo.
          
Acudí al voltarén gel al tiempo que me encomendaba al Paráclito mientras comprobaba si existía fractura alguna. Todo bien, pero el dolor que, aunque amortiguado todavía permanece, me ha tenido un par de días de baja. Y ya estoy medio en forma.
          
Lo cuento por si alguien creyó que la causa de mi ausencia podía deberse a cuestiones más serias.





2 comentarios:

  1. Todo lo que cuenta es verídico. Yo estuve presente en todas las ocasiones. Tan perpleja me dejó aquella pregunta que sigue entre mis interrogantes vitales después de cuarentaytantos años. Un beso. De la pelota verde mejor ni hablar

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