lunes, 13 de marzo de 2017

Una lección vivida y aprendida en Marruecos




Corría el año mil novecientos cincuenta y cuatro cuando con mi flamante título de Maestro Nacional expedido por su Su Excelencia el Jefe del Estado Español, Francisco Franco Bahamonde, y en su nombre el Ministro de Educación de turno, obtuve, previa solicitud a las autoridades del Protectorado Español en Marruecos, una plaza de Maestro Asesor en Afra, kabila de Beni-Bu-Ifrur, zona minera del Rif y centro geográfico de las minas de Uixan y Setolázar.

         Los niños melillenses habíamos sido educados en el miedo al “moro” por aquello de la “Guerra de 1921”, más conocida como “el desastre de Annual”, acaudillada por el líder rifeño Ab-del-Krim y cuya consecuencia política fue la instauración de la Dictadura del general Miguel Primero de Rivera.

         Me había dejado el autobús de la CTM en las inmediaciones de Segangan y encaminé mi garbo de dieciocho años de edad campo a través hacia Afra, a una distancia de cinco kilómetros más o menos.

         Al llegar a las inmediaciones del pequeño poblado de chozas un grupo de pequeños chavales marroquíes de cuatro o cinco años de edad, salieron que se las pitaban, llorando y huyendo de mí con gritos de “aromis”.

         Yo tenía como hombre de confianza a Buarfa, marroquí que había “hecho” la guerra civil en España y era el contacto que tenía el comandante Burjella en Afra; así que al otro día me acerqué a su pequeña “vivienda” y le pregunté qué significaba en el dialecto “chelja” la palabra “aromis”.

         Ya en mi casa-habitación comencé a darle vuelta al suceso y caí en la cuenta que exactamente igual que mi madre me acostaba amenazándome, si no lo hacía, con la llegada del “moro” que tenía un saco, las mujeres marroquíes hacías exactamente igual con sus hijos insinuándoles que llegaría un “cristiano” con otro saco.

         Ese día abrí algo más mis ojos a la vida y comprendí que un mismo hecho, la guerra de Marruecos en este caso, tuvo y sigue teniendo dos versiones subjetivas diferentes,  además de la objetividad de unos pocos historiadores.

         Conclusión: que nada es totalmente verdad o mentira, ya saben eso del cristal con el que se mira.

         Una más de mis cosas que iré contando.




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