martes, 7 de marzo de 2017

Cómo lo tengo que decir, amor




De tus palabras escritas, hice una ceremonia; la más bella jamás realizada por mí. Las leí con prisas y cierto desasosiego, como los niños cuando se copian en los exámenes. Lo que llaman alma crecía al tocar las mismas palabras que tú habías escrito.

         Me fui a mi lugar preferido y allí, cercano a la mar, releí tus cosas, tus versos en la complicidad del silencio; con todo ello osé introducirme mar adentro y el mensaje lo rompí en mil trozos, y cada uno de ellos lo sumergí en las aguas, pero volvían a emerger en tonos blanquiazules que a mí alrededor, como buscándome, flotaban.

         Después lancé al espacio, con toda la energía de que son capaces mis manos, miles de gotas de mar en cuyo interior se asentaba el sol y así se convertían en infinitas estrellas que, a modo de burbujas, reposaban sobre los pequeños trozos blanquiazules que, con amorosa parsimonia, iban trasladándose a la orilla.

         Sin embargo, el sobre, con tu nombre escrito en rojo, fue devuelto a las arenas, y de ellas salvé tu nombre y con mimo, con el gesto más exquisito que criatura humana pueda imaginar lo deposité en el mar de mares y, dentro de la plaza de las sorpresas que este mundo es, tu nombre, en blanco y rojo, flotaba entre las aguas y con dulzura  iba reintegrándose hasta donde tienen cabida todos los símbolos, o sea: viró hacia el lugar donde los dioses viven y se aman en los esplendentes ocasos que allí tienen lugar.

         Ya no deseo más palabras tuyas en forma de mensajes furtivos; con estas que he relatado me sobran para saltar de regocijo por saber de ti, del silencio impuesto y de la complicidad del amor con la mar.

         Lo nuestro será para siempre el silencio, pues este es anterior a todo: a Dios, al diálogo, a la vida, a ti y a mí. El silencio es lo más parecido a la quietud de la nada; en él permaneceremos siempre.


No hay comentarios:

Publicar un comentario