jueves, 2 de febrero de 2017

Valentín, amigo




He estado buscando las miles de citas que existen sobre la amistad y que reflejara ese amor que me une a Valentín, un hombre bueno que está mal en lo físico, y muy bien en el ánimo que nos transmite a los que lo amamos.

         Un periodista estadounidense, Walter Winchell, escribió que “Un verdadero amigo es el que entra cuando el resto se va”, y creo que es la mejor definición que he encontrado.

         Con Valentín, “Vale” para los amigos, y su compañera Maribel hemos pasado espacios de felicidad y lo seguimos haciendo, aunque en la actualidad estemos algo mermados de salud, más, mucho más él que un servidor.

         Sirva de ejemplo que durante quince días permanecimos en alta mar en un viaje inolvidable que lo pasamos pipa y que viernes tras viernes, junto a otro matrimonio amigo, llevamos años viéndonos, cenando y jugando nuestras consabidas partidas de póquer; claro es que lo más importante fue nuestro paso durante años por el evangelio puro, ese que deshoja el ramaje con el que la Iglesia cubre el auténtico cogollo del cristianismo y nos descubre el verdadero Credo del “nacido en Belén”, el de los pobres de verdad sin dogmas por medio que vengan a enturbiarlo.

         Hace algunos años viví un éxtasis y un infierno, algo muy difícil de describir mediante la escritura porque la locura, bendita o no, es imposible de explicar y más, mucho más, de comprender por los otros.

         De repente me encontré solo en la vida con mi locura, éxtasis e infierno; comprobé que los amigos me dejaban, ninguno de ellos permaneció a mi lado, me vi impotente para solucionar un problema que podía ser tratado con un anzuelo que desgarrara o con un leve pinchazo que me despertara; me psicoanalicé y no me vino mal, pues en la balanza de la duda pesó más el cariño.

         Pero estoy mintiendo, mi amigo Valentín fue la única persona que “entró” en el sagrario de mi intimidad, estuvo allí, o sea: en la morada del problema que azotaba mi vida un día y otro, un mes y otro, un año y el siguiente. No hablábamos de la cuestión, no aconsejaba… pero estuvo.

         Querido Valentín, te llevo diez años de existencia, te necesito y te quiero, por eso te pido que no me hagas la gran putada. ¿Sabes una cosa? ¿no?... pues has conseguido que, después de varios años, me incline ante aquel Misterio al que tanto debemos y rece por ti lo indecible.

         Te quiero, amigo


        


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