sábado, 18 de febrero de 2017

Una sentencia para todos los gustos




Unas pocas líneas para salir del trance del desenlace -aunque todavía queda el Supremo- de la rabiosa actualidad del caso Nóos, ya saben: la Infanta, el olímpico, Manos Limpias, Jaume, etc. A mí me importa un pimiento el resultado final, desde luego que mucho menos que el desastre del Barça en la Champion League pues eso si que fue una auténtica hecatombe.

         PSOE y PP creen que se ha hecho justicia, Alberto Garzón y Pablo Iglesias confirman que nanay de la china y mi vecino del quinto, al que le he preguntado por el tema, no sabe de qué le estaba hablando: un hombre feliz sin duda alguna.

         Como la sentencia está redactada y sustentada en más de setecientos folios y teniendo en cuenta que cada uno de esos papeles se tarda en leer unos tres minutos, resulta que hay que echarle bemoles al asunto para multiplicar tres por setecientos que nos dan como resultados la bicoca de ochenta y seis horas, o sea, la nada despreciable cantidad de tres días y pico a calzón quitado, quiero decir que sin pararse a pensar en las mil y una minucias que cada párrafo pueda contener.

         De tal manera es la cosa, que dado el mamotreto a leer me atrevo a asegurar que -exceptuando algún vicioso empedernido más algún que otro individuo relacionado con el poder judicial- en esta España de nuestros amores y odios no existe un dios que se haya metido entre pecho y espalda semejante “novela”, entre otras detalles porque todavía no ha pasado el tiempo suficiente para digerir tal lectura.

         Pero eso aquí no importa ya que “nosotros-ustedes” hemos inventado la pena del “telediario”, pena por la que juzgamos y condenamos a fulanita o fulanito de tal en función de la cadena de televisión con la que estemos enviciados.

         No importa para nada el trabajo del juez Torres o el del fiscal Horrach, menos aún los nombres de las tres juezas que han dictado sentencia con absoluta independencia y para qué hablar de la abogada que representa a Manos “Limpias”, pues la Infanta, en una gran mayoría de españoles, estaba ya sentenciada aunque no se hubiese dictado sentencia firme.

         Así somos todos -me incluyo en el tumulto- pues juzgamos más por apariencia que por sentencia. O no, vaya usted a saber.







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