miércoles, 1 de febrero de 2017

Una historia sobre el dominó



Caminaba destartalado por la coqueta calle Larios cuando me encontré con mi buen amigo y mejor urólogo Juan Jesús Duarte. En fin, sea lo que sea lo cierto es que me salvó la vida al operarme de una putada de esas que no gusta nombrar: cáncer a la vista

         Tras los consabidos cómo estás, pasamos a tomar una copa y otra hablando de lo próximo y lo remoto, cuando he aquí que apareció por esa joya barroca de Puerta Oscura, algo más que un bar, otro común amigo que siempre anda acelerado y nos propuso participar en el Campeonato de Dominó de la Ciudad de Málaga. Estaba yo en ese instante con un dulzón pampero, miré a Juan Jesús con una pizca de complicidad y nos inscribimos en el bello arte de saber ahorcar el seis doble y sucedáneos.

         Ese fin de semana, en un hotel de “esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia”, jugamos trece o catorce partidas de ese juego fundamental para evitar la depresión entre jubilados. Más de un mogollón de 70 parejas arracimadas con la finalidad orgásmica de ser campeones, alzar un trofeo y embolsarse, aunque eso era lo de menos, unos seis mil euros.

En realidad, Juan Jesús y el menda lo que pretendíamos y conseguimos era pasar un buen rato y estrechar más, algo dificultoso, nuestra ya consolidada amistad.

         Vamos por parte, exceptuándonos a nosotros y a un par parejas más, estos señores del dominó son auténticos tahúres de ese juego. Tanto es así que para evitar guiños, muecas, señales, dedos cruzados y un largo etcétera, en ese campeonato se instalaron unas pantallas que impedían ver la cara del compañero. Pues ni así, si se coloca la ficha con un cierto desprecio quiere decir que es fallona y si lo haces con seguridad, la blanca y negra es de puta madre. Y para qué hablar de marcar los dobles con el sudor de las manos o con algún producto desconocido por nosotros dos.

         Comprenderán ustedes que alzarse con el máximo trofeo del campeonato era más difícil que conseguir la alcaldía de esta ciudad, Málaga, o de la villa donde el azahar se adelgaza, Alhaurín de la Torre, lugar donde se publicará este “copo”; por cierto, que no pierdo la ocasión de agradecer al señor López Mestanza, primer teniente de alcalde de la citada villa, su felicitación por los ochenta más uno a través de Fb., un detalle que lo define tras la pequeña trifulca cruzada entre líneas.

         Volviendo al arte de las veintiocho fichas, decir que nos brearon, salimos maltrechos, conseguimos ganar cinco partidas y ahorcar en dieciséis ocasiones el seis doble; no alzamos la copa de campeón, pero sonreímos en más de una ocasión y eso, tal como están las cosas, fue un auténtico milagro.





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