jueves, 9 de febrero de 2017

Una cierta envidia




Por si no hubiese sido leído en su día, y a alguien le pueda interesar, reproduzco un extracto del discurso que pronunció Barack Obama en el parque Grant de Chicago en la histórica noche de su triunfo como Presidente electo de EE.UU.

         “… Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de Estados rojos y Estados azules. Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América (…) Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.”

         Cuando leo este fragmento y lo transcribo, una cierta envidia, no sé si sana, recorre la osamenta de mis ochenta y un años; envidia porque los estadounidenses sufrieron una guerra civil, superada por todos; porque la esclavitud fue una norma legal durante siglos, y hoy ya ven; porque por encima del bipartidismo, la nación supera la lógica confrontación de ideas; envidia porque un idioma y una bandera -aparcando la de los estados, dialectos, hablas y otras lenguas- se abren paso desde Oregón a Florida y de Arizona a Connecticut; envidia porque en California se vota en referéndum el matrimonio entre gays y nadie es tachado de nada. Envidia, simplemente envidia.

         Al otro lado del Atlántico, situémonos en España, con perdón, con una superficie menor a la de Texas, la lengua española, la de Miguel de Cervantes, como sistema vehicular para buscar un puesto laboral en Cataluña es un lastre; la bandera constitucional un muy peligroso instrumento para el que intente enarbolarla; el himno nacional una cantinela para oír en casa sin molestar a nadie; las fotos de los Reyes son una buena leña para las fogatas; y la Historia se ha convertido en un catecismo político y localista para conseguir votos y achatar la verdad.

         Y además, lo nuestro no tiene arreglo. La fragmentación va a más y  el sentido de unidad, a menos. Los nuevos reinos de taifas sacan pecho y los poderes del Estado de Derecho se achantan.

         Envidia, cierta envidia hacia un Pueblo, una Nación.


        



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