miércoles, 15 de febrero de 2017

Por favor, no me toquen a Melilla




Iba a la búsqueda de un puñado de gambas cuando en un quiosco de calle Mármoles observé que un determinado periódico publicaba: “A Franco sólo le queda Melilla”, en relación con una estatua del tal en sus tiempos de comandante cuando, entre otros, liberó a Melilla en la guerra del 1921 en tiempos del desastre de Anual.

         Ante tal fleco de insensatez noticiera, las pocas neuronas vigentes en mi cerebro me situaron en mi natal Melilla, entonces denominada Plaza Fuerte. El paso del tiempo y mi dilatada estancia en “esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia”, no fueron obstáculos para mirar por el retrovisor de la memoria aquellos benditos años de infancia, adolescencia y juventud e hice un pequeño análisis de ellos.

         El hecho de que la guarnición militar de Melilla, no Melilla, fuera la primera en sumarse a las tropas de Franco -cómo recuerdo aquella vieja Walter Kent en la que al sintonizar con la emisora local, se oía al inicio del “parte” la siguiente leyenda: “EAJ 21 Radio Melilla, primera emisora española instalada en el Norte de África…”- siempre le ha hecho supurar una cierta leyenda de adhesión al franquismo, fascismo o amante de la dictadura.

         Y ya ven, nada más lejos de la realidad. Si Melilla, en aquellos años que servían de ecuador a las dos mitades del pasado siglo XX, pudiera definirse con palabras de actualidad política, se la podría definir como ejemplo real de Alianza de Civilizaciones.

         No sé lo que quedará del antiguo Mantelete, pequeño Gran Bazar situado a la salida del Puerto, crisol del pequeño comercio en el que convergían ciudadanos hindúes, musulmanes, hebreos y españoles. He recorrido El Bombillo, Cabrerizas Alta, Monte María Cristina, Barrio Obrero, el Tesorillo, los parques Lobera y Hernández jugando, riendo y peleando con compañeros del Colegio Nuestra Señora del Carmen (Hermanos de La Salle) que pertenecían a dichas comunidades.

         Cuando en el año 1953, una CTM nos dejaba al borde de un sendero que conducía a una pequeña escuela situada en la kabila de BenibuiFrur, Abderrahaman Ben Chergui y u servidor, maestro y maestro, recorríamos los siete kilómetros entre chumberas y profundas conversaciones sobre nuestras respectivas religiones, con más respeto por ambas partes que, créanme, lo que se oye hoy día en tertulias de todo signo y se lee en alguna prensa.

         El melillense que vivió aquella época, hoy tan denostada, es un ejemplo de tolerancia hacia todo. El melillense es un antídoto contra todo fundamentalismo religioso o político, y ello porque lo ha mamado desde su más tierna edad, y porque junto a la Iglesia del Sagrado Corazón vio construir Mezquitas, Sinagogas y Pagodas; quiero decir que la Melilla tolerante, por favor, no me la toquen.



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