martes, 21 de febrero de 2017

Gérson, mi perro de las noches amarillas




“Ya no mirará Gérsom,/ mi perro de las noches amarillas,/ los claros horizontes del sudeste./ Nunca verá a la noche en su encuentro alargado/ con la orilla del mar./ Quedará nuestro aroma/ por las sienes de la ribera”, son unos versos de mi libro “Sílabas de marzo”.

         Fue un regalo, un don, un milagro, el fiel acompañante de las noches de soledad, el mudo testigo de los días de locura, el amigo leal que atendía a los versos del Walt Whitman que yo leía desde la duna más alta de la playa donde el viento silba nácar, el que desperdigaba a las gaviotas que posaban sus tenues huellas sobre la blanca arena, el que galopaba las marismas a través de los juncos alborozados, el único asistente a la eucaristía del sol y la espuma.

         No comprendía nada de lo que pasaba, pero estaba junto a mí. Seguro que su instinto, su juego, su alegría estaban más cerca de su amita, pero permanecía en la vieja y sagrada con sus ojos fijos en el ficus que nos abrazaba.

         Pero hoy el día pesa un poco más. Tiene una peculiar sensibilidad. Hay sol, pero la sombra lo ampara y detiene su calor, su luz.

         No sé decir que se ha muerto mi alma esta mañana de diciembre un poco más que ayer. Respiro menos, suspiro más y lloro algo mientras tecleo esta columna de amistad, amor y esperanza, porque la muerte no detiene la vida, tan sólo aparca la existencia.

         En casa vamos a llorar, y mucho, y es bueno que lo hagamos. Se nos han ido doce años de compañía, de lealtad a toda prueba, de ladridos y balanceos arrolladores de rabo, de danzas alrededor de la galleta de alborozo. Es muy serio y más triste lo que estoy escribiendo.

         Descanse en paz quien existió en plenitud.

Nota: Este “copo” fue publicado en 1997. Hoy, cuando tantos hablan de amor al perro y mascotas, lo reproduzco y dedico a Encarna Cantalejo, una amiga de Fb.



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