martes, 14 de febrero de 2017

A los enmorados, en su día




Quiero ya dormir siempre en nuestro sueño de nada con los ojos cerrados sabiendo que me amas y sintiendo que te amo. Y dormir, sí, dormir.

         Te lo dije cansado tras ser solamente cuerpo y alma los dos: “Nada espero, solamente quiero morirme”. Inmóvil nada esperaba, pues todo lo esperado fue y permaneció contigo. Qué dicha querer la muerte cuando se siente el amor que no acaba, no termina y continúa sosegado como plaza de tus besos.

         ¿No lo recuerdas? Verás: en el comienzo fue lento sigilo y disimuladamente hurté tus labios. Te dejaste robar; sí, lo sé. Se quedó tu tesoro: la perla, el reino, la dracma, la blanca oveja, y el grano de mostaza fue árbol donde anidaron los pájaros en sus ramas sensibles. Y ya nada, amor, fue igual: lo desértico, oasis; la sequedad, follaje; el fuerte viento, peregrina brisa y tu encuentro, sacramento.

         Fue tanto lo vivido que el tiempo ha sido trance. Suspensa la cordura, alababa el alma susurrando en éxtasis: eres mi dios, mi amada.

         Divinidad latente que asoma sin rubor tu mezcla de alma y carne. Ya no sé si te adoro en mi lúcido delirio o por el beso que tomé de ti, que sin quererlo quise y quedó para siempre siseando en mi boca.

         Todo eres tú: la tormenta, amasijo de nuestros vivos cuerpos construyendo el amor y ese remanso donde bebo entre brotes el néctar de tus labios que destella alegría.

         Has quebrado mi muerte, pues ya vivo siempre vivo aunque muera. Eres antorcha donde una y otra vez muero y resucito, y me consumo y nazco siempre entre lenguas rojas que mantienen ardiendo mi deseo de ti.

         NOTA: Los que no hayan sentido algo así, por favor que se pasen por los Grandes Almacenes y compren rosas rojas para contribuir a ser partícipes de la sociedad de consumo.


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