viernes, 20 de enero de 2017

La señora Antonia




Los amigos y amigas me comentan que poseo cierta facilidad para narrar, y me animan a que “le meta mano” a una novela. También dicen que debido a las distintas circunstancias por la que mi existencia ha pasado, tengo material para llevar a cabo esa ingente tarea de mezclar realidad con ficción y fabricar un buen entrecosido de experiencias que pueden agradar al lector.

         No creo que lleve a efecto tal tarea, tal vez por comodidad, por incapaz o por cierto miedo a que el lector sepa descubrir la ficción de la realidad y me vean como soy, que no es como ellos y ellas creen.

         Desde luego que de hacerlo daría rienda suelta a mis recuerdos y por un instante me detendría en mi madre: “la señora Antonia”. Así era conocida por las vecinas de las callecitas del Barrio Obrero de Melilla. Ella dedicó su vida, en exclusiva, a ser madre, cuestión nada baladí.

         Su primer andar, cuando yo pequeño, fue seguro y ágil; después, vacilante; últimamente caminaba agarrada a sillas. Un día vino a casa una enorme y horrible silla de ruedas. Colocaron a mi madre sobre ella. Tenía una sola pierna, pues manos “que lo arreglan casi todo” cortaron, con afilada sierra una de sus pierna. Otro maldito día, murió. Jamás la vi tan bella y serena.

         Siempre dependí de la señora Antonia, de sus dulces canciones, de sus nanas marineras, de su vigilante mirar tras la ventana.

         Al salir a la calle, volvía la cabeza en busca de su mirada; casi siempre caía el visillo de la ventana. La señora Antonia, como grumete marinero, seguía los vuelos, hasta el doblar de la esquina, de sus pequeñas golondrinas. Todavía hoy percibo su mirada.

         Cuando en la actualidad salgo a dar un paseo y miro a mi casa, nadie existe tras los visillos. A lo más, una sombra de su recuerdo.


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