domingo, 25 de junio de 2017

La hambruna y la revolución




Se mueren cada año cerca de cuarenta millones de personas por falta de alimentos, o sea, de hambre; como la cifra es trágicamente divisible por el número de días que tiene el año, el cociente resultante es de más de cien mil diarios.

          Dicen los “expertos” que los que mueren de hambre no sufren; testifican que los primeros días sienten un cosquilleo por el estómago -nosotros lo conocemos por apetito-. Pasados los primeros días se inicia un llanto agudo para pasar, a renglón seguido, a una mirada al infinito, fijación de los ojos en la nada y un deslizamiento progresivo hacia la muerte.

          La mayor parte de los “beneficiados” por este programa tienen su residencia oficial en el continente africano, con generales incursiones por La India y algunos brotes importantes por tierras de La Hispanidad, o sea: todo eso que llaman “tercer mundo”.

          En el primer mundo existen más de ciento cincuenta mil obesos, de los que cuatro miles corresponden a nuestra querida tierra. Y la enfermedad conocida por la “gota”, a saber, el abuso de los bichos llamados mariscos y la atragantada de carne, especialmente roja, se ha instalado por la cornisa occidental del planeta Tierra.

          Ignoro si los hambrientos actuales van a seguir acostumbrados a esperar pacientemente el bollo y parte del pollo amarillento, o si por el contrario, hartos de tocarles siempre la misma “china”, iniciarán un desembarco general en toda regla y desorden por estas costas para tomar, sin permiso, lo que por terrícolas les pertenece.

          Un grupo de científicos ha ensayado sobre monos y ratas una serie de estudios sobre restricción calórica que demuestran, yo no me creo nada, que las dietas “espartanas” prolongan la vida y retrasan la aparición de las santas arrugas.

          Lo único que sé por ahora es que cuando le dé a “guardar” este “copo” habrán muerto de hambre cuatro mil personas.

          Mientras tanto, nosotros, los “revolucionarios” nos entretenemos a jugar al PP-PSOE-Ciudadanos-Podemos creyendo que en ese cuadrilátero se encuentra la solución a la injusticia.

          Y es que me parto de risa… “cambio de mentalidad” para iniciar una auténtica revolución es la lo que importa.



           

sábado, 24 de junio de 2017

Perturbarse con el amor




Se entiende por perturbación todo aquello que modifica el estado normal de algo o alguien, incluyendo la propia existencia. Viene esto a cuento porque el otro día asistí a misa; y dicho sea de paso la intenté vivir desde la reflexión, tal vez porque hace años, muchísimos años, que no vivía una eucaristía.
En un momento de su liturgia, el sacerdote dijo algo así como “protégenos de toda perturbación”. Como duermo poco, estuve “reinando” durante buena parte de la noche en que habría que suprimir dicha frase o bien hacerla positiva, o sea, pedir al Misterio que nos otorgue, al menos, un par de perturbaciones anuales.
Jesús de Nazaret fue una perturbación andante en aquel mundo que le tocó vivir, no digo que fuera un perturbado, que pudiera ser que sí, sino que su mensaje, en algunas personas de su tiempo, produjo serias pero felices perturbaciones.
He aquí algunas de sus ocurrencias, por ejemplo, aquello de “si te pegan en una mejilla, pon la otra”; o “yo no he venido a traer la paz a este mundo, sino la guerra”; o refiriéndose a su madre y sus hermanos, dijo aquella cosa tan extraña para nosotros: “mi madre  y mis hermanos son los que cumplen la voluntad del Padre”; no digamos nada de cuando se entretuvo en aseverar “dejad que los muertos entierren a los muertos”; o cuando le espetó al Sumo Sacerdote “tú lo has dicho, en verdad yo soy el hijo de Dios”, etc.
Lo dicho, Jesús, profeta y mesías, todo con minúsculas, producía en el gentío un manantío de perturbaciones, de santos y mártires que, al grito de “amaos los unos a los otros como yo os he amado” intentaron cambiar las estructuras del poder, hasta que el poder, siempre tan listo y sagaz, entregó a sus seguidores una parte de él y ya todo se convirtió en tedioso, religioso, ceremonioso y litúrgico.
Un servidor, por ejemplo, sabe que todos los milímetros del mañana están perfectamente encajados; sé todo lo que va a acontecer en mí, a no ser que una perturbación, el amor desde luego, revolucione de nuevo mi vida.
Y es que el amor, no lo duden, es una santa perturbación.

www.josegarciaperez.es

viernes, 23 de junio de 2017

Noche de San Juan

 
Todo fue un sueño de ayer, que esta noche, la de San Juan, intentaré sea realidad. En primer lugar, el personal que nos arracimamos todas las noches vamos a construir nuestra “Velaílla de la Zamarrilla”, Virgen del barrio que nos acompaña día y noche con su roja rosa en la que guardamos nuestros escasos pecados y multitud de errores.
   
  Desde primeras horas de la mañana, ustedes son testigos de ellos, he ido, con gran fluidez, construyendo mi trabajo diario para no caer en las manos del demonio pinchaúvas, y una vez terminada la labor he ido deshojando la margarita del ridículo y, a pesar de los años, he ido al chino de calle Peso de la Harina para comprar pequeñeces e ir preparardo el festejo. Se trata de pasarlo bien, y para ello es importantísimo hacerse niño, hecho que para mí es más fácil de lo que puedan creer.
  
  Paco Montoya, al que la Virgen del Carmen le tiene que echar una mano, había preparado una velaílla para celebrar lo que fuese y, por ello, corría la cerveza como un río y se asaban sardinas, caballas, alitas de pollo, jamón y otras cosas del guarro, exquisitas todas. Con sumo cuidado, para evitar accidentes, preparamos un simulacro de fogata con tres o cuatro cajitas de madera a las que prendimos fuego. Sabemos  que esta operación se realiza allí donde la mar besa la arena, pero ya no estamos nosotros para festejos de mucha bulla y, por ello, preferimos quemarnos en nuestras propias ascuas.
  
  Y he aquí que por la esquina este del pasaje de Zamarrilla se hizo realidad una hierofanía, manifestación sagrada, cuando una diosa hecha mujer, o viceversa, asomó su fuego de antorcha humana con el que todos fuimos inflamados a su paso.
  
  Detuvo ella su caminar, se desabrochó la blanca blusa y dos milagros arrimaron más lumbre a la pequeña fogata. Voló su misterio sobre las ardientes maderas, y su sombra celeste pareció un cielo; un manantío de aceituna, su desnudo torso; y una melena incendiaria, sus cabellos, surcó el pequeño fuego y sus lenguas, como las de Pentecostés, la adoraron.
 
  Y siguió su camino; y yo el suyo. Se detuvo y acercó, y una lengua de fuego me incendió. Verónica se llamaba.
 
  Hasta aquí el sueño que esta noche, seguro se convertirá en realidad.



jueves, 22 de junio de 2017

Acudiremos





El próximo miércoles va a tener lugar en el Congreso de los Diputados un acto conmemorativo de aquellas primeras elecciones democráticas que tuvieron lugar hace 40 años.

          Los parlamentarios de aquella época hemos recibido la invitación correspondiente para acudir a la Carrera de San Jerónimo -conste que los gastos corren por nuestra cuenta- y “echar” un rato de conversación sobre los que se fueron para siempre -demasiados- y nuestros propios achaques que son muchísimos.

          Estarán presentes, presidiendo el acto, Sus Majestades los Reyes de España para dar más solemnidad al agrupamiento de tanta “casta” y forjadores del “candado” del 78, o sea, la Constitución que nos dimos la ciudadanía, previa elaboración en el Congreso y Senado por tanta ancianidad reunida en torno a deseos de libertad y justicia.

          He pensado en demasía acudir o no por problemas de salud de la “parienta” y los míos que son menores, pero al final, y con el empuje final de nuestra única hija, que también nos acompañará como guapa guardiana de ancianos, hemos decidido estar presentes en el encuentro de los pocos o muchos que quedemos vivos.

          Acudo con zapatones y sin bastón, con ilusión y el deseo que el próximo año, no es mucho pedir, volvamos a vernos para celebrar los cuarenta años de la Constitución que nos dimos, vivimos y que, algún día, habrá que reformar.

          En realidad, por mi parte, de lo que se trata es saludar, conversar, reír y hacer algún que otro pucherito “disimulado” con aquellos hombres y mujeres -pocas en aquellos tiempos- que pasamos días difíciles, días para olvidar y otros para ser felices.

          Más que nada, para mí es un homenaje que creo nos merecemos aquellos que para algunos somos “casta”, o sea, los que conseguimos, tal vez con alguna que otra deficiencia, construir una transición modélica en la que nadie sobraba y todos éramos necesarios.