jueves, 10 de noviembre de 2016

Me juego la vida todos los días




Cuando niño vivía en la bendita “casa verde” del Barrio Obrero de Melilla, pequeña y cuadradita. Aquel sagrario humano, como debían ser todos los sagrarios, carecía de un cuarto de baño en condiciones, o sea: no había ducha, bañera y bidel. La pequeña casa mata tenía dos dormitorios, un comedor, una cocinita y en un pequeño patio había un excusado; una escalera nos llevaba a una hermosa azotea en la que había un cuarto con un enorme barreño y allí, por turnos, nos lavábamos en condiciones con jabón lagarto y, lógicamente, por turnos. Cuando llegué a los dieciséis tacos, mi padre, en un golpe de suerte que no relato, le echó un piso a la casita con tres dormitorios y un cuarto de baño “chachi” de verdad.

         Jugaba un servidor al baloncesto y, antes de saborear el nuevo cuarto de baño, tras un partido en la Sociedad Hípica Militar -cosa de niños pijos- me fui a la ducha como todos los compañeros y adversarios a los que oía cantar bajo la ducha; pensaba yo cantar una ranchera cuando al darle al grifo y caer aquella catarata de agua fría creí morirme, esa fue la segunda vez que tuve esa sensación en mi vida, la primera no se la cuento a ustedes pero ya pueden imaginársela si son normales.

         En fin fui acostumbrándome a la maravillosa ducha de la que ya no me separé ningún día hasta llegar destinado a Cártama (Málaga), lugar donde no había agua corriente en la mayoría de las viviendas, y desde luego que en las de los “maestros nacionales” tampoco; aquella coyuntura la salvábamos con un cubo ducha con cuyo contenido, más preciado que el oro, nos chorreábamos de agua, nos enjabonábamos y enjuagábamos en un par de minutos.

         Tras llegar a la normalidad de la clase media normal todo fue coser y cantar mientras diariamente me duchaba. Pasó el tiempo a la velocidad del talgo y hoy, con mis ya pesados ochenta años, me juego la vida todos los días, de verdad que diariamente, cuando me ducho con la puerta abierta con lo amante que soy de mi intimidad.

         Y es que un maldito resbalón puede ocasionar desperfectos en mi osamenta al tiempo de morir en el mayor de los ridículos.

         Y me pregunto: ¿qué hacer?...

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