domingo, 30 de octubre de 2016

El que espera, no desespera




Al tiempo que veía detalles de los hombres de Cholo y muy pocos de los de Luis Enrique, el mando de la tele saltaba a la Carrera de San Jerónimo para visualizar de reojo la ya anunciada investidura de Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno de España.

         En el último partido citado en el párrafo anterior, el “gallego” ha roto uno de los dichos más famosos de nuestro refranero, ya saben: aquel que afirma que “el que espera, desespera”. No le la ha importado al nuevo “presi” de España tener que acudir a dos elecciones generales, visualizar un pacto entre PSOE y C´s, escuchar mil veces al señor Sánchez decirle “NO, y que parte del NO es la que no entiende”, pasar (no sé si seguirá) por la corrupción de una parte importante de su partido en las Comunidades de Valencia y Madrid, etc., y tragarse toda clase de insultos sin perder la calma en su espera, tal vez haciendo realidad a la frase del político y masón Bartolomé Mitre que afirmaba lo siguiente: “El hombre que quiere, ha hecho ya la mitad del camino.”

         Pedro Sánchez no supo esperar; y además con su anuncio de renunciar a su escaño quiso, tal vez, restar protagonismo al hecho de la investidura de Mariano Rajoy; ya ven que hoy tiene una entrevista en el “Salvados” del suavón”, aunque buen profesional, Jordi Èvole.

         Además, el nuevo, ya viejo, presidente, es el único que tiene la llave de convocar unas nuevas elecciones en la mano a partir del próximo mayo, y ello ocurriría si la ciudadanía visualizara que el Congreso no sirve para nada ante una oposición cuya misión fuese la de crear la ingobernabilidad con un bloqueo permanente a las propuestas legislativas del Ejecutivo.

         Y en esto llegó el señor Rufián, valiente giro gramatical acabo de dar, para asustar a políticos y ciudadanos normales con un babear de odio que fue más allá de lo sencillamente humano, para convertirse en un anticipo del Día de Difuntos en su macabro juego de remover huesos de históricos socialistas.

         En fin, amiga Ana y queridos lectores, “fumata blanca”.



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