sábado, 8 de octubre de 2016

Diferentes formas de patriarcado




Hace años, demasiados, la “autoridad” en la familia era patrimonio del padre y, a la chita callando, la madre endulzaba con guiños y mimos el rol de la seriedad que correspondía al patriarca.

         La familia nuclear era eso, familia; y no voy a referirme a aquellas sentadas alrededor de la mesa limpiando lentejas, al tiempo que mi padre liaba cigarros de picadura y los introducía con parsimonia en la petaca. Se hablaba de lo divino y lo humano, se contaban películas y la madre iba narrando historias de los abuelos que nos emboban. En un rincón había una enorme radio Walter Kent que esencialmente era usada por el padre; desde aquella radio la familia disfrutaba de lo lindo con la retransmisión de las doce campanadas del año nuevo.

         Más tarde apareció un cacharro llamado televisor y la casa volvió a ser planificada en función de ese aparato, quiero decir que los miembros de la familia y los muebles se situaron de forma diferente, o sea, mirando al nuevo patriarca que había llegado en forma de caja tonta gracias al progreso; las conversaciones mermaron en intensidad, y algunas de ellas eran interrumpidas porque el diostelevisor daba una importante noticia. Ya en ese tiempo los niños comenzaron a dejar de jugar en las calles a causa de los numerosos coches que pululaban por ellas, y se acabó el contar las películas entre los miembros de la familia porque la tele nos facilitaba su visión.

         Pasado el tiempo, y aunque el cacharro en cuestión seguía colocado en un lugar primordial, aparecieron aparatitos rectangulares, los llamados móviles, y cada miembro de aquello que se llamó familia gozaba de su propio interlocutor con el que hablaba mediante la pulsión del dedo índice sobre el objeto citado.

         Hubo, hay, una multiplicidad de patriarcas que desalojaron a los verdaderos, a los que habían mantenido la autoritas sin imposición, pero sí por edad y experiencia.

         Creo que todo comenzó cuando los sustantivos “padre” y “madre” confluyeron en “papá” y “mamá”, pasando más tarde a unos ridículos “papi” y “mami”, que al final terminaron en tío y, de vez en cuando, algún chavalote de no más de dieciséis años es capaz de decirle a su padre: “qué pasa contigo, tío”.

         No es que debamos volver a la Walter Kent o a contarnos las “pelis”, pero no estaría mal regresar de vez en cuando a sentir el pálpito real de la familia; nos hace falta.

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