lunes, 5 de septiembre de 2016

De Macedonia era la de Calcuta




Una apuesta difícil debe ser hacerlo por los más pobres, aunque  quizás sea la única forma de enriquecerse. No lo sé, cada día que pasa sé menos de estas cosas. Hace diecinueve años y en un plazo de cuarenta y ocho horas murieron dos mujeres: Diana de Gales y Teresa de Calcuta.

         Fueron dos mujeres distintas, aunque no distantes: una alta, otra menuda; una joven, otra anciana; una princesa, otra monja; de una dicen que buscó constantemente la felicidad y de la otra aseguran que lo consiguió; una intentó ser, la otra dicen que fue totalmente.

         Además de coincidir en el rito de la muerte, también lo hicieron, en ocasiones, en el rito de vivir; una, al igual que numerosas personas, donó limosnas; la otra, solamente sus manos.

         Diana llevaba camino de ser reina, una forma de servir; Teresa fue sierva, una forma de reinar; la de Gales hurgó en la vida para encontrarse con el amor, la de Calcuta hurgó en la muerte y lo encontró.

         Teresa fue criticada y reconocida en vida; en ocasiones también lo fue Diana. Laydi dejó dos hijos, uno camino de ser rey de Inglaterra; Agnes, así se llamaba la de Calcuta, dejó cuatro mil hermanas y un reino extendido por el mundo donde el sufrimiento pudiera supurar una esperanza de amor.

Sin embargo, la de Calcuta fue dejando a lo largo de su vida lo que le sobraba; por dejar en el camino, dejó lo que más cuesta, la cultura, en este caso la occidental y se hizo otra, otra con mentalidad totalmente oriental. Pensó y vivió para aliviar el dolor físico y la inmensa tragedia de la solitaria muerte de los enfermos terminales, a ellos, especialmente a ellos, dedicó sus manos, sonrisas y humildes cobijos donde descansar de la marginación de los demás.

Diecinueve años han pasado de aquellos días y da la sensación que Teresa la de Calcuta sigue viviendo entre numerosos desheredados.

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