martes, 23 de agosto de 2016

Tres formas de mirar




Existen tres formas de mirar y las tres son necesarias. La primera es mirar hacia atrás, con ella se consigue que el recuerdo se resguarde entre nosotros; la segunda es hacerlo hacia delante e intentar descubrir el futuro que nos espera; y la tercera, la que ofrece más dificultad, es tomar los ojos en nuestras manos, darles la vuelta y mirarnos hacia adentro buscando un no sé qué que dé sentido a toda nuestra existencia.

     Hoy es una fecha significativa para Rosi, mi compañera, y para mí, pues es su onomástica y aunque ahora se festejan más los “cumpleaños”, a nosotros, por cuestión de edad, nos interesa más el santoral. Hace más de sesenta años que nos conocimos y más de cincuenta que nos unimos en ese extraño vínculo matrimonial en que se comparten tristezas y alegrías. Hemos celebrado lo que el personal llama “bodas de oro”, aunque no es oro todo lo que reluce, pues en ese devenir toda clase de metales, preciosos o no, han acampado junto a nosotros.

     Si miro hacia atrás me veo en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de Melilla introduciendo con tino la alianza en el dedo anular de ella. Si lo hago hacia delante observo que los surcos de nuestros rostros van formando arroyos por donde van deslizándose los años, pocos o muchos, que nos queden de existencia, años duros, de silencios, miradas de ternura, ayuda mutua y de hombros donde reclinar nuestras cabezas en soledad. Será un tiempo difícil, pero creo que estamos preparados para ello.

     Ahora bien, si tomo los globos oculares, y a modo de linterna, los introduzco en el espacio temporal del más de medio siglo vivido con ella, puedo visualizar con nitidez aquellas alegrías y tristezas a las que prometimos hacer frente y de las que hemos salido vivos, aunque a veces heridos en profundidad.

     Por ahí pasan el nacimiento de nuestra hija, la muerte de nuestros padres, el milagro de las nietas, el trabajo conjunto en el mundo de la enseñanza, enfermedades de todo calibre, alegrías y risas, silencios aplastantes, momentos difíciles de convivencia, el respeto a la intimidad de cada uno y la tolerancia como basamento del edificio que hemos construido.

     Haremos una sencilla y agradable fiesta, por ejemplo comer algo de lo prohibido en comunión con los lejanos en la distancia, pero no en el corazón, para celebrar que ya no es necesario hablar de amor o decir te quiero, pues una mirada de complicidad es suficiente y un guiño, no les digo.


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