lunes, 15 de agosto de 2016

Extrañeza conmigo mismo




Ya a mediados de agosto siento en mí una cierta extrañeza melancólica que si bien no llega a abrumarme, sí consigue que perciba una actitud de permisibilidad con el tedio que me consume.

         Y es que desde hace más de cuarenta años es la primera vez que no acudo a la bravía llamada del Atlántico, al cobijo de la sagrada terraza donde me sentía feliz, a la eucaristía con la madre naturaleza donde acudía tarde o mañana para contemplar la pleamar y/o bajamar, a mi torpe paseo por la ribera camino de levante al encuentro de la concha de calamar donde picaba incansablemente el canario Limón o a mi visión de la marisma desde la alta duna roja en busca del beso perdido donde brotaban florecillas de agua.

         Ahora sigo en el duro y gris asfalto caminando sin ganas y sin rumbo al encuentro de un restaurante en el que satisfacer la necesidad perentoria de comer sin hambre y así, mientras “la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia”, Málaga, se encuentra de fiesta, yo deambulo como sonámbulo entre sombras del ayer y realidades del hoy.

         La ciudad me va consumiendo con eterna lentitud; y asumo el sacrificio porque era necesaria esta estancia en soledad compartida. La asumo, sí, pero me rebelo contra ella cuando desperezo y salgo a la búsqueda del encuentro con el asombro a horas en que mi presencia en la mazmorra no es totalmente necesaria.

         Y vuelvo derrotado al encuentro del teclado que todo lo permite y en él, con la parsimonia de una sacrificada ceremonia, voy dejando huellas de mi desvarío diario a la espera que el otoño deslice su milagro amarillo entre las hojas caídas que espero acompañen mi paseo imaginario por calles donde se escuche su crujir ante mis pasos.

         Y cuento los días, minutos y segundos en que todo mi universo -no más de cinco calles y tres plazas- se transfigure en manifestación sagrada que deje atrás este tiempo que intento diluir entre muecas de sonrisas y películas televisadas que me hastían.

         Mientras llegue ese débil paraíso, escribiremos un cuento, una novela corta o unas vivencias en este “copo nuestro de cada día” que se ha convertido en mi única razón de seguir existiendo.

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