lunes, 8 de agosto de 2016

A la espera del CIS, escribamos de otros tiempos




Los mozalbetes de los años cincuenta de la época de la dictadura éramos sexualmente tan espabilados como los actuales; y ellas, fuesen Hijas de María o de la Sección Femenina, los engatusaban con la misma práctica que hoy: la seducción.

         Sin embargo hay que reconocer que, por imperativo legal, se actuaba más recatadamente; no se llevaba lo del morreo a plena luz, y qué decir de las parejas de igual sexo. ¿Existían?, sin duda: pero dentro del armario o en lugares extraños y lejanos: las playas en invierno o las fachadas de los cementerios, un poner.

         Pero la flecha de Cupido, ay el amor, surcaba las camisas azul mahón y también hacían blanco en mitad de algunos escapularios que portaban las niñas más beatas.

         Sin embargo, todo era muy formal y con más empaque que ahora. Existía la novia formal, lo que hace suponer que había otras que eran informales; vamos que el ligue o cualquier vaguedad de término que condujera a darse un “lote” no es un invento de ahora.

         Conocí a la “pastora” en la Avenida del Generalísimo de Melilla que seguramente hoy se llamará de la Constitución, pero que todos seguirán conociendo como siempre: la Avenida. En cuanto la vi, quedé prendado de aquellos rizos y de su pícara mirada.

         Nos hicimos novios formales a la temprana edad quinceañera, que era lo que se llevaba; pero la cosa no era tan fácil como ahora. Formalizar un noviazgo tenía su liturgia: comprobar si existía cierta química sexual entre los aspirantes; un besito por aquí y otro, más profundo, por allí; el acaramelarse de vez cuando; el pasear cogidos de las respectivas cinturas; y más detalles no necesarios de enumerar para evitar desmayos en los posibles lectores y, lo más importante, declararse a ella y pedirle el noviazgo formal.

         El culmen de la ceremonia era el día escogido por el novio para hablar con el padre de la novia y solicitar permiso para “pelar la pava” en casa, pues en invierno, a poco que se descuidara la pareja, se podía agarrar un resfriado de mucho cuidado.

         Aquel acto era la certificación de que el noviazgo, a no ser que se presentase un “accidente” impresionante, iba camino del altar para jurarse amor y fidelidad, uf, de por vida.

          En septiembre de 1960 nos casamos en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús; tenía ella 23 añitos y yo uno más.

Igualito que hoy, ¿eh?




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