jueves, 7 de julio de 2016

Una linda historia de amor




Había salido a dar un paseo por la orilla; me encanta pasear a poniente buscando el ocaso. Me agrada ver como el mar se “traga” al sol, y como éste, casi todas las tardes, perfila una eucaristía rosa sobre el siempre azul lienzo del cielo.

Aquella tarde inicié el paseo algo más temprano, por lo que decidí sentarme durante un trozo de tiempo en la duna de mis preferencias: la que guarda el bidón rojo oxidado donde grabé la fecha de una divina visión.

Saqué lápiz y cuaderno de la pequeña bolsa de playa y me dispuse a terminar el bordón de la seguidilla que había comenzado el día anterior. La idea la había perfilado, en la blanca mañana de sol contemplando a un hermoso niño rubio jugar con su sombra: “De pronto llega Dios/ a media tarde/ como ladrón furtivo:/ la luz decae./ Me lo ha robado todo/ hasta la sombra/ cuando paseo solo”.

-¿Tiene fuego?
-.

El viento de poniente le impedía encender el Winston. Mientras lo conseguía, contemplé, sentado, sus bellas piernas, el resto de cuerpo estaba contorsionado alrededor del encendedor.
-¿De dónde viene el viento?-, le pregunté.
-De allí-, señaló a poniente.
Me levanté: -Mira, es muy fácil, te pones frente a poniente, tapas el mechero con la palma de la mano y ¡ras!-. Encendió el cigarrillo, expelió el humo y dio las gracias.
-Repítelo, verás como no falla. Si fueran cerillas siempre enciende, me gustaría enseñarte el truco pero no tengo cerillas.

Debía tener unos treinta años, el sol había bronceado maravillosamente su cuerpo. Sus ojos eran azules y poseía unos carnosos labios. Sus pechos estaban cubiertos por una especie de cinta rosa, y un ajustado pantalón, color caqui, perfilaban unas contorneadas caderas, no excesivas, pero sí insinuantes.

 -Bueno, en realidad lo del fuego ha sido un achaque- sacó de su bolsa un encendedor de mecha. Sonrió. Creo que tuve un cierto sonrojo.
 -Verá, es que lo veo todos los días pasear, en ocasiones lo veo leer, otras escribe, yo, al principio, creía que dibujaba. Tiene un paso cansino que invita a acompañarle o a sentarse con usted. No sé, me da la sensación que podríamos hablar, sin más, de sus cosas, de las mías, de sus escritos, de la gente, del mundo, no sé… ¡hablar! ¿le parece bien? Porque podemos estar un mes cruzándonos por la orilla y no conocernos, y creo que es una lástima ¿No?
 -Pues sí, ¿cómo te llamas? ¿nos tuteamos?
-Mi nombre es Mar. Tú te llamas José ¿verdad?
-¿Cómo lo sabes?
-El otro día paseabas con una señora, tu esposa, seguro, y te decía: Pepe, fumas demasiado. ¿Qué estabas escribiendo?

 Le leí la seguidilla, le expliqué su contenido. Escuchaba con gran atención.
-¿Tienes otra?
-Sí, te la voy a leer a ver lo que te parece: “En mis manos yo siento/ leves caricias, desde el mar me vienen/ de sol y brisa./ No me despierte nadie/ de este mi sueño/ de brisa, sol y madre”.
-Mira -le dije- en esta copla “mar” y “madre” tienen el mismo significado.
-Sí, pero yo quiero creer que la “mar” a que te refieres soy yo, y como lo deseo lo creo.

Me cogió las manos con la misma caricia de brisa y sol.
-¿Te importa?
Miré sus labios. Estaban muy cerca, parecían hablar. Nos besamos. Cuando llegó el ocaso, bajamos a la duna. Hicimos el amor en la falda que da a la marisma.
 Caminamos abrazados por la orilla. Nos despedimos en el primer chiringuito.

 Al día siguiente volví a la playa. Una chica se acercó con un sobre.
-De parte de Mar.
-Gracias.
Leí la nota: “Querido José: Ayer fu mi último día de vacaciones. He estado siete años viéndote pasear, leer, fumar, escribir y jugar con tu perro. Ayer, aunque ya te conocí, decidí conocerte de verdad. Por favor, no me juzgues. Hasta el año que viene. Te quiero. Mar”.

Subí a mi duna preferida y grabé en el bidón rojo oxidado la fecha de otro encuentro con el Amor.

NOTA. Tal vez sea un sueño.



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