domingo, 10 de julio de 2016

Curri




Desde hace algunos años vivo un retiro impuesto personalmente; mediante él conseguí retirarme de la “hoguera de las vanidades” tras haber sido incendiado en la de las “traiciones” de algunos amigos que, en su mayor parte, conformábamos el “Grupo Málaga”.

         Así que me dije: “no piso ningún acto cultural”. Y lo he conseguido con cierto trabajo y sin haber conseguido expulsar de mi duodeno el cocodrilo que corroe, cada vez menos, mi estómago. De manera que me sostengo en un trípode conformado en primer lugar por la soledad deseada y buscada, en la segunda pata descansa mi corta faceta de escribidor, ya saben, columnas de opinión casi a diario, algún poema de amor y mis contactos con ese milagro llamado Facebook y, por último, mis visitas diarias al Gran Vía donde paso ratos de entretenimiento con un conjunto variado de personas, algunos ya amigos.

         A raíz de uno de mis “copos”, el más leído por cierto en el blog bautizado como “el copo de pepe”, el que hacía referencia a mi posible ausencia este verano en La Antilla, al lugar donde el viento silba nácar en noches de poniente, he recibido la llamada de mi amigo Curri, sevillano para más señas, que, enterado por un lector que navega por los océanos de google de la triste noticia, no dudó ayer en llamarme por teléfono para mantener una muy grata conversación con él.

         El motivo ya lo pueden suponer, interesarse por el tema, sus motivos y pedirme que aparezca por la Comunidad de El Abanico para seguir con la tarea que año tras año llevamos, la siembra de una amistad.

         Ya el hecho de llamarme ha supuesto para mí una inmensa alegría, pues saber que alguien se interesa por la salud, los problemas, sus causas y escuchar palabras de aliento consigue levantar el ánimo que no siempre, y ello nos salva, está en alza.

         Con Curri, también con Ángela, su santa mujer que nos abandonó, hemos pasado horas, días, meses y años de auténtica felicidad cantando y bailando sevillanas, saboreando sus paellas, fabricando lazos de unión, bebiendo palomitas por la ribera en esas noches de insoportable canícula, mimando el sagrado ficus hasta que hubo que extirpar sus raíces y, en fin, siendo y haciéndonos más personas el uno en el otro y viceversa.

         Una sencilla llamada telefónica que para mí ha sido un auténtico milagro, gracias Curri.

Confío en que te llegue la espuma de este “copo”.





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