jueves, 2 de junio de 2016

No te olvides de quien eres





Podría escribir hoy de que el número de parados se ha quedado por debajo de la fatídica cifra de los cuatro millones de parados, pero sé que traería sus pros y contras y no tengo ganas de que nadie me estropee la tarde; claro que también podría hacerlo sobre la prohibición de Pablo Iglesias de colocar la bandera republicana en el logotipo de su cartelería, pero eso todavía menos. Así que me ha dado, a fin de que ustedes lo pasen bien, por escribir sobre una vivencia intensa que hace un montón de años viví.

         Tras mi efímero paso por la política me incorporé a la enseñanza; el  día que el conserje del “cole” me dijo que teníamos un serio problema, consistente en una avería de una de las cisternas del 3º piso del Colegio Bergamín, comprendí rápidamente que debía de hacer algo más que permanecer en el centro escolar solucionando problemas de ese calibre.

         Decidí, cercano ya el medio siglo de existencia, irme por las tardenoches a la Universidad y obtener una Licenciatura, no por aprender, que me hace falta, sino por pasarlo bien y olvidarme en parte de la grave problemática que se me presentaba.

         Allí conocí a tres chicas maravillosas -omito nombres- con las que formé un grupo de estudio y pequeñas aventuras, sabrosísimas estas últimas. Ellas me ayudaban en todo y cuando íbamos a examinarnos en grupo me echaban por delante para entretener al profe con mi reciente historia política; en fin, que hablábamos de todo menos de Didáctica.

         De vez en cuando nos reuníamos e íbamos de parranda de estudios y llegamos hasta fumarnos algún porro de higo a breva; lo pasaba fenomenal y, lo mejor de todo, es que me sentía joven y libre, aunque la “pastora”, mi Rosi del alma, estaba algo mosqueada.

         Una noche le comenté a la cónyuge -feo nombre-, que el grupo y algunos más teníamos fiesta en una discoteca, y ella, mi “pastora”, me comentó: “Ve con ellas, pero no te olvides de quien eres”. Y me largué.

         Ya en la discoteca, a media luz delante de un velador, mientras el resto cimbreaba sus esqueletos, comencé a pensar en el maldito consejo recibido y jamás supe, ni sé, dar respuesta a quién soy, pero me fastidió el invento y la fiesta.

          A los pocos días, la “pastora” tenía un viaje de estudios con sus compañeros de colegio y, cuando ya estaba sentada en el autobús, le dije en alta voz: “Rosi, pásalo bien y olvídate de quien eres”.

         Jamás le pregunté si había seguido mi consejo.

1 comentario:

  1. Acabo de conocer a dos personas muy sabias :) que son los dos protagonistas de estas reflexiones. Como han dicho los sabios, hay tiempo para todo: tanto para no olvidarse de quién eres como para hacerlo. Gracias por su texto que me ha encontrado justo a tiempo :)

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