martes, 21 de junio de 2016

Cuatro hombres y una plegaria




Entre los múltiples instrumentos, destacan esencialmente dos de ellos, a saber: la voluntad de la ciudadanía manifestada en votos el próximo 26-J y el poder de la palabra para llegar a un entendimiento entre ellos.

         Los votos los sabremos el último día de esta semana, pero si creyéramos lo que apuntan los sondeos podríamos asegurar que Rajoy sería el que más votos obtuviese, seguido de Iglesias y Sánchez y ya, a mayor distancia, Albert; quizás en“Cuatro hombres y una plegaria” es el título de un film dirigido por John Ford en 1938 y que bien podría ser, aunque el tema nada tenga que ver, la realidad actual por la que pasa la nación española en estos momentos.

         Sobre cuatro hombres, Mariano-Pedro-Pablo-Albert, descansa la gran responsabilidad de dotar a esta centenaria nación -suma de reinos, taifas, ducados y condados- llamada España de los instrumentos necesarios para dotarla de la herramienta básica para su gobernabilidad.

 estos últimos días algo puede cambiar, esencialmente entre los dos inmediatos seguidores del actual Presidente del Gobierno en funciones, pero lo cierto es que los cuatro gozarán de su protagonismo para que la tarea llegue a tal fin, pues lo previsible es que ninguno de ellos obtenga la mayoría absoluta.

         De ahí, de esa imposibilidad por gobernar en soledad, la palabra adquiere su gran importancia cuando se convierte en diálogo auténtico, por ello me parece oportuno traer a este “copo” una de las famosas frases del que dicen, y creo que fue, el gran paladín del diálogo político, Adolfo Suárez.

         Dice así la cita: “El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo pero en él hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores”.

         Las palabras volcadas hasta estos momentos por los cuatro protagonistas para llegar a un posible y válido entendimiento no han sido las adecuadas; casi todas ellas llevan la carga explosiva del culto a la personalidad, el frío y cruel mensaje del veto al otro, la mentira que oculta la auténtica verdad y un muy peligroso, creo, convencimiento de que es imposible cualquier acuerdo en base a un sistema de valores que cambia de color a diario.

         La plegaria, que no es oración sino petición a los que nos representarán, es que no nos mientan y actúen en verdad, no porque esta nos haga libres, sino porque ellos serán más creíbles.



        

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