lunes, 23 de mayo de 2016

Y todo esto, ya no es




Recordé que era domingo. Dejé todo a medio hacer y encaminé mi cuerpo hacia la gran duna roja de la playa donde el viento silba nácar. En una bolsita azul introduje “Sagrada forma del poeta Antonio Hernández, un pequeño racimo de cerezas y un bello melocotón dorado con pinceladas lilas.

         Me dije en susurro pausado: “voy a celebrar mi eucaristía”. Para ello di la espalda al océano y mi vista cubrió toda la marisma, plena de florecillas de agua. Agradecí la visión y pedí perdón por no saber saborear a diario la belleza de la Naturaleza. El sol declinaba su fulgor y miré a poniente, allá al monte, donde la estrella reina intentaba desaparecer dando paso a una luna blanca creciente y estéril. Incliné mi cabeza y postrado revisé las veces que por omisión perjudiqué a alguien, o sea, a todos aquellos y aquellas que no amo aunque tampoco los odio.

         Entoné mi particular credo: “Creo que Jesús no es el hijo único de Dios, pues también lo son los desheredados y los niños. Creo que el Espíritu no procede del todopoderoso Dios y señor de los ejércitos, sino que está instalado en el hombre y que brota cuando éste es consciente de su divina humanidad. Creo que el Espíritu es la Vida vivida en plenitud con errores y aciertos. No creo en la Iglesia instituida por hombres que dejaron de serlo. Creo que la Tierra se creó desde el amor infinito de su propia esencia”.

         Puesto en pie y mirado al mar ofrecí, en alta voz, mi ser, no mi estar, al inmenso Misterio que nos ama y asola con su silencio. Extendí los brazos a levante y poniente como queriendo abarcar todo el oleaje que contemplaba y un beso, como perdido, o sea, una pequeña y amarilla mariposa vino a posarse junto a mí. Con el dedo índice, como patena de carne, la toqué, alzó su aleteo y en él ofrecí todo el sueño de los que vuelan cielos de utopía.

         Supe que el dorado melocotón y el racimo de cerezas, productos de la Tierra, eran alimentos divinos que, con mimo extremo, comí sabiendo que con ello degustaba el milagro del Misterio.

         Recordé a los que dejaron esta existencia tras una vida de alegrías y sinsabores y observé la mar cuajada de turbantes. No llegué a llorar, tal vez porque la existencia, no la vida, haya transformado mi humanidad en pura tabla de piedra del Sinaí. Pensé en aquellos a los que debo esta transfiguración de hoy: mis padres.

         Quise abrazar en la paz a toda esta anónima sociedad, pero, exceptuando al Misterio y la Naturaleza, no había nadie; de manera que decidí sentirme y para ello impulsé mi amor a la paz palpando mi cuerpo. Y sentí. Y dando gracias, marché en paz al tiempo que comprobaba que la amarilla mariposa se mecía en una extraña energía que desprendía la soledad acompañada de mi particular eucaristía.

         Y no fui a misa.

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