miércoles, 11 de mayo de 2016

Cómo pesan los días




Pesan los días y las noches desde que aquellos llamados amigos de tertulias, ocurrencias, cenas y contubernios literarios me enviaron al infierno del silencio y al cubo de la basura de los escombros de hombres inservibles.

         Intento pasar el tiempo escribiendo líneas y líneas que van ocupando “copos” y “copos” que nada dicen porque nada digo que valga la pena a no ser que eche manos de la política, pero como ésta tiene sus incondicionales sectarios hasta me gano de vez en cuando algún enemigo o enemiga de pacotilla, pero cómo pesan las teclas del ordenador a la hora de intentar con mis dedos introducir en el disco duro mis mensajes.

         Y sin embargo, sí quiero sobrevivir al tedio de tiempo que me queda de existencia porque ello, golpear el teclado, me sirve de acicate para seguir existiendo ya que no puedo permitirme el lujo de quedarme quieto en inerte porque ella, siempre ella, necesita de mis escasas neuronas para no ser un trozo de carne más.

         Pues sí, claro que sí, me siento triste y abandonado por la abominable postura de los que apostaron por apartarme del camino normal de la convivencia y, lógicamente, me pesan las copas que tomo para olvidar el desahucio que hicieron de mi persona y de ella mientras beben el néctar, maldito néctar, entre las bambalinas del poder.

Me pesa no haber superado la traición de los hombres buenos que pasean sus glorias gracias a la “traición” que les hice cuando no me doblegué a los intereses de sobar las axilas y reír la intoxicación la putrefacción de la literatura y la postración ante los poderosos.

Busco la venganza adecuada, pero no soy hombre de vendettas aunque pueda parecerlo, y camino día a día con la herida descubierta en mis espaldas por el cuchillo extraído, a modo de anzuelo, que intento sanar con rizos de alcohol cubiertos por cubitos de hielo.

Y me duele el alma cuando, de tarde en tarde, mi memoria desea olvidar para poder perdonar, pero como mis neuronas siguen vivas no logro conseguir quedarme en blanco y es entonces cuando veo, una y otra vez, revolotear la bandada de buitres amigos que siguen picoteando en el tesoro que les dejé de herencia.

Y así, sin saber la causa, pasan y pesan los días que me quedan por vivir.

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