domingo, 24 de abril de 2016

El perchelero Montoya




Si pudiéramos colocarnos en la Málaga de 1936, nos encontraríamos con una ciudad dividida sociológicamente por el río Guadalmedina: los del río para allá y los del río para acá. En el lugar que podríamos denominar “Del río para acá”, territorio donde existo, se encontraban los famosos y paupérrimos barios de la Trinidad, Perchel y los Percheles, un trípode de barriadas que escasos malagueños que habitaban la otra parte del río visitaban, pues ellos y ellas vivían donde florecían los ricos focos ciudadanos de el Limonar, la Malagueta, el paseo Marítimo, calle Larios, Catedral, etc.

         Aunque en la actualidad la sociología malacitana ha cambiado algo, siguen siendo numerosos los malagueños que no han cruzado el puente de la Aurora para “manchar” sus pies en el cascarón ruinoso de la Trinidad  o en las callejuelas intransitables del Perchel; ha ocurrido, sin embargo, que el buque insignia del comercio español, El Corte Inglés, ha sido construido a tiro de piedra de la antigua pellejera, hoy calle Peso de la Harina, lugar donde tantos hombres republicanos fueron asesinados; calles como las de Pérez Texeira, Don Cristián o Don Ricardo, vías vinateras de antaño, lindan con los grandes almacenes antes mencionado; en Don Cristián, por cierto, es donde se encuentra El Gran Vía.

         Paco Montoya, perchelero de pura cepa, es asiduo cliente. Allí me conoció y allí descubrí  a Montoya, o puede ocurrir que ninguno de ellos conozca al otro porque jamás han hablado de intimidades, problemas personales o asuntos que la sociedad intelectual denomina trascendentales.

         Tengo cuatro años más que Montoya, y éste cuatro quintales más de esa cultura que, despectivamente la elite, la define como popular. En cuanto puede, llamo por teléfono a Paco y nos citamos para tomar una copa de tinto  o dos, o tres a lo sumo, aunque a veces nos liamos y pasamos al güisqui y, es entonces, cuando se establece la comunicación oral entre ambos ancianos, aunque creamos crean que no lo somos.

         Montoya igual se cisca en la divinidad suprema o alaba a su particular Virgen del Carmen; hablamos de los tiempos de “la hambre” en los que el perchelero es un maestro contumaz; conversamos más de nuestros padres que de nuestros hijos; reconocemos que este tiempo es el del progreso, pero añoramos las navidades de la zambomba y el pandero; afirmamos que, por la actual crisis económica, robaríamos para dar de comer a nuestros hijos y nietos, verbalmente maltratamos a corruptos, chorizos, políticos y entidades eclesiales; hablamos del pargo, el jurel, los espetos y el calamar relleno que, Montoya, prepara como nadie; cada día somos más amigos porque cada día nos  conocemos algo más.

         Últimamente ambos estamos preocupados el uno por el otro porque nuestra salud se encuentra bastante deteriorada, y es por ello que, los “rezos” de Montoya son más suaves que hace unos años y desafina menos.

         De él, créanme que es cierto, aprendo más que de los libros pues viene a ser un Don Quijote a su manera.





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