sábado, 16 de abril de 2016

De vivencias que tuve con mi madre




En ese tiempo en que a una persona se le considera adulto, o sea, cuando está capacitado para elaborar sus propias respuestas dejando a un lado las que el mundo -esa maldita sociedad anónima- les ofrece como normales, es cuando se alcanza la auténtica mayoría de edad.

         El día en que cambié la ñoña compañía del siempreigual de los seres que me rodeaban por la contemplación de la Naturaleza en estado puro, convertí mi mirada en un vivaz interrogante de todo aquello que la gente daba por normal, y no es que fuese preguntando sin ton ni son por esta cuestión o por su contraria, sino que  dejé me  impregnase una forma de duda permanente.

         Ningún lugar para ser y sentir más que la estancia en aquella sagrada terraza en la que, durante años, peinaba los blancos cabellos de mi madre mientras una melodía nos acariciaba en una comunión más íntima que la sombra que pueda reflejar cualquier ser u objeto.

         Cuando daba de mano, todas las tardes pedía a ella que me contara historias de su infancia; era un ejercicio que me había aconsejado un médico con el fin de que la demencia senil de la señora Antonia no fuese a más. Ella me miraba como extrañada y quedaba distante y muda ante mí, pero nunca me daba por vencido y, sin venir a nada, le preguntaba por la playa donde ella vivió sus primeros años en un pequeño pueblo costero de Almería, de nombre Carboneras.

         De manera deslavazada, ella hablaba de una finas piedrecita negras que cubrían las arenas de la orilla, del arte de la pesca de almadrabas, de sus padres, de las barcas varadas junto a las casas de pescadores, de pargos, bonitos y del mar; siempre hablaba de la mar con igual o tal vez más respeto que lo hacía de la Virgen del Carmen.

         Después callaba, inclinaba la cabeza y permanecía en silencio ante el mundo exterior; la observaba intentando penetrar en aquel mundo que ella guardaba como su mejor secreto.

         Un inmenso y majestuoso ficus, que parecería querer introducirse en la terraza, era el único testigo de aquellos “diálogos” entre hijo y madre; siempre me acompañarán aunque no tuviesen sentido alguno.

         Guardo como el mayor de mis tesoros un par de negras piedrecitas que recogí de aquella playa de Carboneras el único día que visité esa villa del Mediterráneo


3 comentarios:

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  2. Salta la chispa de la emoción en el cuenco donde escanciamos todo lo evocador. Un abrazo.

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