lunes, 18 de abril de 2016

De la actitud al acto pasando por el gesto




Juan compró un bello ramo de rosas para regalárselo a su madre en el día de su onomástica; camino de casa el aire balanceaba las rojas rosas compradas con infinito amor. En el camino vino a encontrarse con un grupo de amigo que iban a iniciar un partido de fútbol; fue invitado a él y accedió a ello. En aquellos tiempos de Maricastaña se  improvisaban dos porterías con piedras, camisas y objetos, y Juan puso el ramo de flores como una de ellas.

         Jugaron durante más de dos horas y en ese tiempo llovió, metieron goles, la pelota vino a dar una y otra vez en la “porterías”; terminado el encuentro Juan fue a recoger el ramo de rojas rosas que se encontraba totalmente ajado. Dos lágrimas surcaron su rostro y durante un momento tuvo la duda de dejarlo en el asfalto o llevárselo a su madre, se decidió por lo segundo y marchó a casa para entregárselo a su madre; cuando ella lo recogió de las temblorosas manos de su hijo, éste fue a darle explicaciones sobre el mal estado en que se encontraba su tesoro, pero ella le dio un par de besos diciéndole que era el más bonito de los regalos recibido en su vida.

         Juan tuvo la actitud de entregar a su madre el más bello de los regalos posibles, pero azares de la vida hicieron de él, del regalo, cualquier cosa menos algo hermoso; fue la madre, con su limpia mirada, la que supo comprender a la perfección la diferencia entre “actitud” y “acto”.

         No sé si nosotros somos juzgados fríamente por nuestros actos, y no por nuestra actitud de vida; deseamos con frecuencia lo mejor, pero éste se queda ajado en multitud de ocasiones por las piedras con las que nos encontramos en la vida y/o la debilidad de nuestra propia forma de ser. Lo importante es la actitud de vida, aquella tensión (de “tender a”) hacia la divinidad, la bonhomía o el hecho de hacer el bien antes de que seamos machacados por las circunstancias.

         Así que un gesto, definido como pequeño acto, es más fructífero que toda esa mandanga de leyes para incorporar refugiados a Europa. Lo del Papa Francisco a la isla de Lesbos deber ser estudiado como actitud, acto y gesto con capacidad de conmover algo las pétreas corazas del Gran Sanedrín de Europa.

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