miércoles, 23 de marzo de 2016

Los políticos, la gente y el terrorismo yihadista





Va el hombre con su carrito de compras, como si viniese de Mercadona, por cualquier calle de “esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia” y en el primer recodo donde el personal se arrejunta para ver al “Chiquito de Málaga” hace clic en un botón y un racimo de personas, incluido él, vuela por los aires en busca de lo desconocido. Y así, sin muchos recovecos de por medio, el terror acampa junto a nosotros y comienzan los pronunciamientos políticos.

         Y qué tiene que ver el niño que succionaba el pezón de la madre o el musulmán que vendía tabaco de contrabando o la novia que se puso guapa a rabiar para ver a su novio debajo del trono, o quien sea, con aquel ciego y guía de ciegos que llevaba el carrito del super para hacer la guerra “santa” en nombre de cualquier Dios desconocido, porque a Dios no hay un dios que lo conozca.

         Y vienen los políticos, los españoles para más señas, y firman algunos (PP, PSOE y Ciudadanos) el  llamado “Pacto antiyihadista” para ver la forma y manera de terminar con tanta inmundicia asesina, aunque las posibilidades sean escasas por decir algo afirmativo; pero existen otros que no se mojan y desean salir “limpios” de polvo y paja, son los de Izquierda Unida, PNV, Esquerra Republicana (la que pactó con ETA que no hubiese atentados en Cataluña, importándole un pito el resto de España), los hijos de Pujol y Mas, por supuesto que Bildu también.

         Más extraño que el NO de los anteriores a la firma del documento, es la actitud Pablo Iglesias y su “Podemos” al no decir SÍ o NO, sino que se adhieren al documento en cuestión como “observadores”; y se pregunta un servidor y la madre del niño que rozaba su pezón: observar qué y para qué y porqué; un servidor no se fía un pelo de tantos observadores y creo que algunos de los votantes de los “morados” tampoco.

         Mientras unos dicen sí, otros se niegan y los tibios -ni carne o pescado- de Pablo Iglesias siguen observando, en otra ciudad, la que sea, volverá otro hombre con su carrito a hacer clic para alcanzar, a través de la matanza de otros, el paraíso prometido.

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