domingo, 13 de marzo de 2016

El templo sagrado de la Casa Verde




Mi niñez -ese paraíso ya perdido por más que uno se empeñe en buscar a ese niño que se dice que llevamos dentro- la viví en el conocido Barrio Obrero de Melilla, y dentro de él en una humilde casita mata cuya fachada estaba pintada de verde, por eso en el barrio se conocía por ese nombre.

         Un pequeño comedor, dos dormitorios, una cocina, un muy sencillo cuarto de aseo que carecía de ducha, un pequeño patio con una bomba de agua que subía la misma a una linda azotea donde mi madre tenía gallinas y conejos y un cuarto en el que había un enorme barreño donde nos bañábamos.

         Con el tiempo, tendría un servidor 16 años, mi padre, peseta a peseta y duro a duro, consiguió echar un piso a la Casa Verde con tres dormitorios y cuarto de baño con ducha incorporada; de manera que podemos colegir que a la mencionada edad me duché por vez primera.

         Pero nada como aquella pequeña casa mata de mis amores,  recuerdos y juegos con mis hermanos Fernando y Nati, el primero ya fallecido y la segunda, a pesar de los años, sigue siendo aquella pequeña hermana que me embadurnaba la barba con jabón de afeitar y la rasuraba con un calzador o cuando la negra bicicleta se convertía en una especie de churrera mientras le dábamos a los pedales hacia atrás.

         Nada como el pequeño dormitorio con dos camas, en una dormíamos Fernando y un servidor, y en la otra Nati y la abuela María; delante de la cama de los varones un armario con una luna y a los pies de la otra el baúl de mis juegos en el que me pasaba horas y horas matando con dos pistolas de madera al Séptimo de Caballería del General Custer, protagonizando yo al sioux Caballo Loco.

         Y ese andar vacilante de mi madre, esa lectura diaria de los santos evangelios por mi parte y por la de mi hermana aquellas novelas de Corín Tellado a ella, o ver a mi padre intentando sintonizar con París en la vieja Walter Kent para escuchar Radio España Independiente y el silencio que nos envolvía cuando se escuchaba, de higo a breva, “Ici París”.

         Mi madre, los visillos, la cocina donde fabricábamos los borrachuelos y amasábamos rosquillos; y sus besos, de tarde en tarde, y tantos y tantos detalles que nos forjaron a ser personas decentes y tolerantes.

         Sé que estas líneas que emergen del alma no importan casi a nadie, pero necesito hoy, especialmente hoy, escribirlas para sentirme más “tierno” y olvidar los hechos de hoy y antier en los que me sentí de nuevo acuchillado por la espalda por aquellos en los que confié buena parte de mi existencia.

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