viernes, 19 de febrero de 2016

El placer de corregir páginas




Ayer me entregaron las doscientas veinte páginas de una pequeña Antología poética que recoge un puñado de poemas que escribí hace un determinado tiempo con auto prólogo al canto.

         Hace unos años, no demasiados, fue publicada otra -Donde el viento silba nácar- en la que vertí buena parte de mi poesía rimada que recogía todos los palos de la lírica clásica, incluida la sextina en un poema titulado Elegía de romántico que, sin duda alguna, es con el que más identifico.

         Durante buena parte de la noche de ayer, tras oler previamente durante más de cinco minutos el papel impreso, dediqué un par de horas a ir paseando mi vista por las pruebas que me habían entregado a la busca y captura de una errata que, por más que me esmere en ello, aparecerá en forma de “duendecillo” de imprenta, pero que en realidad siempre será un error del autor.

         Momento bello y trágico, y los que me quedan por pasar, el de leer e ir recordando las causas de aquel poema que escribí en un determinado tiempo y qué me llevó a ello; es algo así como ir descubriendo buena parte de la vida misteriosa que vive cualquier persona común, aunque algunos tengamos la inmensa suerte de transcribirla en forma de lírica.

         Tras un malboro y otro, y tras un poema y otro nuestro pasado pasea y revolotea por cada rincón del hogar, de la esquina, de la ciudad, de la estancia donde creció el germen de lo escrito y, aunque cuesta lo suyo darle la vuelta al pasado, este se vuelve presente.

         Cuando me prometí no volver a escribir más poesía, pues bastante tengo con este “copo nuestro de cada día”, copo que alcanzará los diez mil de aquí a nada, es aquí que de nuevo el milagro de la poesía la vuelvo a interiorizar y, aunque me empeñe en no verterla al exterior, esta vuelve a brotar y como vivos borbotones se desliza fuera de mí en forma de postrimerías.

         Cuando me quedan creo que unos días para dar cuenta de dos o tres lecturas reposadas de las páginas citadas en el primer párrafo de este “copo”, ya atisbo con satisfacción mi próxima publicación si llego a tiempo de ello.

         No se me ocurre otra forma mejor de pasar el tiempo que me quede de existencia que escribiendo, aunque no olvido el dorado güisqui o el dulzón pampero que ayuda a que la pequeña diabetes siga viva.

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