martes, 23 de febrero de 2016

El escalofrío del 23-F de 1981




Fue cuando un capitán de la Benemérita nos leyó el bando de Miláns del Bosch, o sea, aquello de los tanques, de la supresión de los partidos y sindicatos, de la prohibición de pasear en grupos y de marchar rápidos a la cama por lo que pudiera pasar… cuando tuve conciencia del follón en que estábamos metidos. Tantos puntos y aparte me recordaron las historias contadas por mi padre y un escalofrío recorrió mi cuerpo y espíritu.

         Por primera vez mi pensamiento, de una forma consciente, voló a mi casa de Málaga y detuve el golpe pensando en mi esposa, hija y libros.

         -“¿Qué estaría pasando?, me pregunté. Todos aquellos fantasmas reales de las historias paternas tomaron vida y se aposentaron cruelmente en mí.

         Los vi subiendo las escaleras, aporreando la puerta, agolpándose en el descansillo, entrar en casa con izar de banderas y gritos de ¡arriba España!, empujando a mis “Rosas”, cortando sus hermosas cabelleras, carcajeándose de sus lágrimas.

         Vi el lustre de sus correajes, el brillo de sus pistolones, la mueca de odio de sus rostros, el azul mahón de sus camisas. Vi yugos y flechas, escuché himnos, saludos incoherentes, taconazos enérgicos, exclamaciones al Dios de los Ejércitos.

         Las vi arrastradas por peldaños, cargadas en la furgoneta como sacos de patatas, arracimadas en la plaza de toros de La Malagueta. Observé a Blas Piñar: impasible el ademán. Tuve miedo y dos lágrimas de impotencia y rabia surcaron mi rostro.

         Repasé mi pequeña biblioteca. Vi mis libros apilados, su holocausto, el crepitar de sus páginas y subrayados; escuché el gemido de los libros prohibidos y fotocopiados durante el franquismo.

         Di una vuelta por toda España. Percibí el miedo de sus gentes, los brindis de otros, el repaso a las listas de peligrosos. Escuché el pisar de botas negras por las calles y plazas de nuestros pueblos, el rezo silencioso del rosario y el abrir del baúl donde el viejo campesino guardaba su escopeta de caza.

-¿Por qué?-, me preguntaba. Comprendí, en un instante, toda la teoría de los salvadores y redentores de las patrias y mundos.

-¿Por qué?- No encontraba respuesta, no existía respuesta. Miré al brigada que vigilaba a los peligrosos miembros del Grupo Mixto. ¿Por qué?, le pregunté con los ojos, mientras el saludaba sonriente a otro compañero de salvación.

-¿Por qué?, sigo preguntándome sin rencor alguno.






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