lunes, 22 de febrero de 2016

El cigarrillo del 23-F de 1981




El paquete de habanos se había terminado. Ocupaba la última fila de escaños habitados. A mi derecha se encontraba los restos de la cámara de una televisión alemana. A mi izquierda, Clavero y compañía, pero ninguno de ellos era fumador, a excepción de Sagaseta que, como todos, se había quedado sin tabaco.

         Aislado y sin tabaco la cosa se complicaba, porque con un cigarrillo en la mano no existe aislamiento. Yo podría en estos momentos, tomando como excusa este relato, hacer un canto elegíaco del tabaco, pero no sería comprendido y, con seguridad, atacado, con más saña que los golpistas de Tejero, por todas las ligas de fumadores pasivos y perseguidores furibundos del fumador, y es que parodiando, con el debido respeto, la primera epístola de San Pablo a los Corintos (13,1), podríamos afirmar que: “el amor, con un cigarrillo en las manos, es paciente, no tiene envidia, no se jacta…”

         (…) Cuando como si de un milagro se tratara, un conmovedor aroma a tabaco negro acompañado de un plácido y sagrado humo blanco vino a envolverme en un nuevo Tabor.

         Me olvidé de todo y de todos. Los negros y verdosos nubarrones del 23-F habían desaparecido. Miré hacia atrás: allí estaba hermoso y esplendente, como si de un dios se tratase, el nuevo y rubio guardia civil que había venido a sustituir al escuálido y avinagrado brigada Palance.

         Y además, fumaba. Fumaba y bien, a pecho, sin guiños pusilánimes al pulmón; se hacía necesaria una comunicación correcta de fumador a fumador.

         -Buenas noches, mire es que me he quedado sin tabaco…
         -Yo fumo ducados. ¿Quiere?

         Miré al guardia civil con amor y delicadeza; el paquete de cigarrillos, azul y blanco, me pareció un trozo de cielo, un estandarte de amistad extendido hacia mí.

         Encendí el cigarrillo y me sumergí en el placer de una buena calada; disfruté de ella, y además el paquete estaba completo.

         -Perdone, ¿usted cree que nos pasará algo?

         Di la espalda a Landelino Lavilla. El milagro se había realizado. El pitillo, vehículo esencial de comunicación, había roto el hielo.

         -¿A qué se refiere? ¿Cómo se llama?
         - Me llamo Félix. Verá usted…

         Y empezó a contarme la forma en que se había visto metido en el Golpe. Me dijo que pertenecía a Tráfico; que había terminado su servicio y le habían ordenado, sin más, una misión secreta, que de pronto se vio en un autobús y que su presencia en el Congreso, así como la de sus compañeros de armas, no la comprendía.

         Me habló de sus preocupaciones: que él no veía esto nada claro, que su mujer e hijos no sabían nada pues no había podido comunicarse con ellos y que el Golpe iba a terminar mal para ellos.

         Era andaluz y bético, como Antonio Hernández: el gran poeta actual de Andalucía. Hablamos de la tierra y de la Semana Santa de Sevilla.

         Cuando me senté, Clavero me preguntó: ¿Qué dice el guardia civil?, le contesté: “Nada y mucho. Esto, creo, está finiquitado”.

         Encendí un ducado. Tomé el libro y pude leer un par de capítulos con la misma tranquilidad que lo hacía cuando se debatían los soporíferos Presupuestos Generales del Estado.

Nota: Este escrito forma parte del libro de mi autoría “18 horas con Tejero”.

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