miércoles, 13 de enero de 2016

Lo único bonito: el bebé de Carolina




Como uno tiene incrustado en las retinas aquella primera conformación del Congreso de los Diputados en el año 1977 como si fuese hoy, ve notorias diferencias con la producida hoy en la Carrera de San Jerónimo; líbreme Dios de discernir si aquella o esta fue más señorial, porque seguro que brotará sarpullido en las almas más puras, pero ruego me permitan escribir que cuando vi a Dolores “La Pasionaria”, acompañada de Rafael Alberti, penetrar esbelta en el hemiciclo vestida de negro y su cabello blanco recogido tuve la sensación que una parte de la historia de España, para bien o para mal, allá ustedes y su percepción, pasaba delante de quien estas líneas escribe; más aún cuando por razones de edad le tocó presidir la primera Mesa de Edad del Congreso tras la dictadura de Franco.

         Dicho lo anterior, ceo comprenderán que debería haber colocado un punto y final a esta sesión de puesta en marcha de esta Legislatura, pero no puede ser porque la maldita actualidad ordena que tenga que decir algo y, lo que son las cosas, o me pongo serio o me apunto a la charanga de la banda de música que Compromís ha llevado hasta los leones del Congreso, acompañando de paso a los “soldados” catalanes en palabas del señor Tardá de Esquerra Republicana.

         Bien, ya tenemos a Patxi López de Presidente de la Cámara Baja con los votos de PSOE y Ciudadanos, dándose la circunstancia que es la primera vez en la historia de nuestra democracia que un diputado llega a ostentar ese cargo con más votos en blanco que afirmativos, y eso que la mamá del precioso bebé, Carolina, también se presentó a presidir el Congreso, aunque su bebé le birló un voto, el más simpático y real de los emitidos y que decía: “voto al niño de Carolina”; voto que fue declarado nulo por los miembros de la Mesa de Edad, aunque no cabe la menor duda que el o la votante ha sido quien que mejor ha reconocido que el bebé era el único santo inocente de la ingente muchedumbre que abarrotaba el hemiciclo y al que se le supone un valor digno de reconocimiento al no soltar una lágrima, al menos no percibida por mí, ante los fieros disfraces de todos los que le rodeaban con atuendos de todas características.

         Tal vez, dicen algunos, la señora diputada Bescansa tenía que haber depositado al niño en la guardería del Congreso, pero me alegro cantidad de que no lo haya hecho porque a mí, tan solo a mí que yo sepa, me ha alegrado la larga mañana.


        

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