jueves, 17 de diciembre de 2015

Rajoy: el hombre tranquilo





Más o menos fue un minuto el tiempo que el menor de edad estuvo junto al Presidente del Gobierno antes de pegarle un gran puñetazo en el pómulo izquierdo, romper su gafas, dejarlo casi noqueado, y con él a la dignidad de España; durante ese minuto recibió mensajes de sus amiguetes que le animaban a darle en los ojos.

         Aguantó bien el hombre de sesenta años la fortaleza traicionera del menor de edad de marras; aguanta bien España, aunque con dolor, el placer de ver como se jalea a los “valientes” menores de edad -un par de meses le falta al chaval para alcanzar la mayoría de edad legal- por sus hazañas.

         Recompuso el hombre su honor y con él nuestra nación, España, a la que representa el agredido -guste o no- y siguió su recorrido pidiendo calma a sus acompañantes que no acertaba a ver sin sus imprescindibles gafas; y marchó a La Coruña para dar un mitin a ciegas.

         Claro que el agresor es un menor de edad, algo así como un niño grande con capacidad de agredir y al que ampara el sistema garantista del “Candado del 78”; buen fajador es este presidente, hasta ahora lo es, que recibe agresiones verbales y físicas, calumnias y salvajadas, sin que parezca inmutarse más de lo imprescindible aunque un rosetón, camino de morado, adorne su mejilla izquierda y que lo disimula con algún maquillaje o crema al uso.

         Volvemos a ser noticia internacional, primera página en todos los países del mundo para vergüenza nuestra; pero él solicita de los suyos, de los miembros de su partido político, tranquilidad y no hacer de esta salvajada del “menor de edad” una cuestión política; y sin embargo, habría que hacerla por el bien de nuestra nación, pero pobre del que ose levantar su voz o escribir una letras para afirmar que el “juego del menor de edad” ha sido una afrenta a todo el pueblo español, a los que votaron y no votaron a este gallego que en los momentos difíciles sabe hacer uso de esa retranca propia y deseada por todos en momentos difíciles.

         Mantener el tipo, se llama eso.

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