miércoles, 30 de diciembre de 2015

A Juan el de Cartajima, in memoriam




Juan el de Cartajima fue mi gran amigo. Su muerte, hace hoy quince años, trastornó mi mente y desde entonces no encuentro la paz, mi paz, y es por eso que hablo y escribo de política, de crisis económica y de otras sandeces que desde esta humilde atalaya de columnista es imposible cambiar.
         
            Si Juan estuviese vivito y coleando, yo estaría escribiendo de poesía y amor, de lo trascendente y lo oculto, de la profundidad en la sencillez, de la vida normal del pueblo que eligió para vivir y morir, de la puesta de sol y del café de pucherillo, del interior de mí mismo y no del exterior del otro; pero Juan murió, y con él la sabiduría, o sea, el saborear la vida sin grandes empachos de güisqui y vitolas de hombre enciclopédico.
          
           Tengo que volver a Juan porque si no usted y yo estaremos condenados a soportarnos en esa puja de vanidades que florece en la gran ciudad. Así hoy, por ejemplo, estaría obligado a discernir sobre las posibles combinaciones de formación del gobierno de España, de los cambios de nombres de casi todas las calles de este país, de ese traqueteo que se traen los diferentes partidos políticos sobre el “candado del 78” o seguir tecleando las vicisitudes de Pedro Sánchez ante los califatos socialistas.
         
            Me comentaba Juan que en Cartajima se vivía con plenitud las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días que conforman ese tiempo que los hombres han acordado en llamar año; un buen libro de lectura, una partida de dominó, una sencilla tertulia con los hombres curtidos por la serranía, un tranquilo paseo alejado de las encaladas casas, comer y beber algo, y dormir sin despertador.
         
            Un fin de semana que pasé con él, le pregunté por el número de parados que podía haber en Cartajima, y él, con esa socarronería tan propia del hombre sabio me dijo: “no te preocupes por ello, aquí todos cobran el paro.”
          
            Y hablaba y hablaba  de la utopía de la verdadera vida, del encanto de la soledad acompañada, del mestizaje de la sabiduría con el pueblo y, muy especialmente, de la fugacidad de la felicidad.
         
             “Hace falta asombro, Pepe, -me decía siempre- asombro para ser feliz.” Y ciertamente que me es necesario encontrarme con el asombro, o sea, con la amistad que te acompaña en este desierto de existencia.
        
                 Hoy alzo mi copa por él, o sea: por mí.

2 comentarios:

  1. Feliz 2016. Fue un gran personaje Juan Cartajima. Pero, tú, como Cervantes certificaste la muerte de don Quijote, dgo de Juan. Se echa de menos. Pero en el recuerdo, sigue siendo sabio. Como tú. Un abrazo

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