jueves, 19 de noviembre de 2015

Europa




Europa no es un único ente como pueden ser los Estados Unidos de América o Rusia con sus amigos colaterales; al conjunto de naciones de Europa, aparte del Europarlamento que para poco sirve, solamente le une dos realidades: el euro y la cultura judeo cristiana; lo demás es una pura devastación de intereses nacionales, de diferentes ejércitos y de múltiples banderas e himnos.

         No nos equivoquemos en nuestra visión de la ancestral Europa que algunos quieren presentarnos como un territorio indivisible en lo material; ya ven que en nuestro propio país, España, existe alguna que otra trifulca por convertirla en compartimentos divididos, y no me refiero a la situación catalana con su controvertida independencia sino también a los diecisiete parlamentos, banderas, himnos, leyes de hacienda y sanidad y educación y judicial y diferentes cuerpos de seguridad ciudadana.

         Si esto existe por estos páramos, que me digan, sin algaradas de un infantil europeísmo que similitudes, aparte de las señaladas en el primer párrafo de este “copo”, nos unen con Polonia, Bégica, Holanda, Italia, Grecia, Alemania, Francia, etc.

         Pues claro que estamos preocupados y cabreados, valga la expresión para un mejor entendimiento, con lo ocurrido en París; me imagino que exactamente igual que otras naciones europeas por aquel lamentable atentado que sufrimos en Madrid allá por 2004, pero poco más a no ser que algo más de terror, aunque lo nuestro, por desgracia, no fue moco de pavo.

         Por aquí, por Europa, existen países laicos, aconfesionales (el nuestro entre ellos) y podríamos decir que puramente confesionales pues no hay que olvidarse del Estado Vaticano que también forma parte del viejo continente.

         Viene esto a cuento por la discusión política y partidista de si nuestra nación debe poner la bota, el ejército, en ese indefinible Estado Islámico nacido artificialmente al albur de una serie de intereses económicos y geopolíticos que ha sido propiciado por intereses de toda especie y que, de repente y con razón, se ha convertido en un territorio de terror que desea poner sus tentáculos en Occidente, cuando a lo más que puede llegar, creo con toda posibilidad de estar equivocado, es a sembrar el pánico en la dispersión de naciones que conforman el viejo continente europeo.

         Mi humilde opinión es que demos a Francia todo el apoyo logístico y financiero posible y necesario, pero que en el territorio del E.I. no aparezca, ni por asomo, un soldado español, entre otras cosas para que, por ese ir y venir de ataúdes de los nuestros, algunos engorden en demasía un falso pacifismo.

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