viernes, 30 de octubre de 2015

Mariposas-lamparillas


         Que la cabra tira al monte es una de las mayores verdades existentes en este extraño mundo en el que unos muchos recogen de los contenedores todo lo cambiable por unas pelas o cualquier alimento que sea susceptible de ser adobado, mientras otros, por ejemplo, la banda de los pujoles, transportan en sacos de plásticos morteradas de euros para ser depositadas en otras cámaras algo más blindadas que los mencionados basureros de nuestras calles.

         La cabra tira al monte, o sea, los hijos tiran al monte de las costumbres de los padres; ello da como resultado el mundo de los conservadores al que, en algunos aspectos, me honro en pertenecer, y miren, aunque algunas féminas puedan creerme conservador de todas, todas; pues no.

         Pero es cierto que encargué hace unos días a un hombre de los Percheles malagueños, Paco Montoya, que me trajese una cajita de mariposas lamparillas para honrar a mis familiares muertos en estos días en que las calabazas y los disfraces demoníacos han arrumbado el culto al difunto.

         Así que anoche, ya casi repuesto del todo para llegar a los ochenta, andaba hablando de Cataluña y rugbi en la Parroquia del Gran Vía, cuando llegó Paco e introdujo en mi bolsillo un par de cajitas de las que todavía se fabrican en el El Toboso (Toledo); subí a mi casa más contento que la Forcadell con su República Catalana esperando el instante en que en una tacita vertiera aceite y agua e hiciera presente a uno de mis seres querido; tras pensarlo como se merece una manifestación sacra, no exenta de cierta superchería, deposité con sumo cariño la mariposa en la menuda balsa donde debía consumirse mi recuerdo hacia el familiar querido; elegí el alma de mi hermano Fernando muerto, entre mis brazos, hace un par de años en plena Nochebuena mientras mi voz susurraba en sus oídos palabras de amor de niñez, por eso que aseguran los expertos que el oído es lo último que pierde el moribundo.

         Los que me conocen, muy pocos por cierto, podrán imaginarse el tacto con el que, a través del mechero, encendí la mechita y como esta, al instante, comenzó a formalizar una bellísima lengua de fuego por la que yo, al igual que cuando era pequeño y jugaba con él, pasaba mi mano y acogía en la palma el pálpito de su recuerdo.

         Cuando al acostarme apagué la luz industrial, una especie de pequeña lengua de fuego daba distintas formas a ese cúmulo de cosas que no sirven para nada.

         Con esa visión he dormido y he soñado con mi hermano balanceándose entre estrellas; es tiempo, guste o no, de rendir culto a los que nos dejaron para siempre.


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