jueves, 22 de octubre de 2015

Cosas que a nadie importan




Uno va ennegreciendo el blanco de los papeles un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año, al tiempo que la existencia, y con ella el mundo, sigue su transcurso y el escribidor de folios nunca sabrá si el borrón importa a alguien o si ese alguien ha detenido el reloj de la monotonía durante cinco minutos y se ha parado a pensar en lo leído.

         Pero un día, no importa la causa, el escribidor detiene su ritmo cotidiano sobre la política, el amor, la vida, la hambruna, el poder, lo que dicen y hacen los otros y se centra, o al menos lo intenta, en sí mismo.

         Queda meridianamente claro que, en ese mismo instante, el escribidor se ha convertido en un bicho raro para los ortodoxos de esto que se entiende por columna de opinión, ya que por los grandes expertos en esta pequeña disciplina literaria hay que procurar no escribir sobre la problemática personal del escribidor o columnista.

         Y no es que en este caso el que baila sus dedos sobre el teclado del ordenador vaya a hacer una confesión general sobre eso que llaman vida, tampoco sobre la existencia, hecho que con mucha facilidad el personal confunde con vida, sino sencillamente que, por razones que no vienen al caso, hoy no lo haré sobre el tema más facilón que tenemos siempre a mano: la pesada y manida política.

         Tampoco sobre el amor, qué pena, pues no es que tal milagro ha pasado o desaparecido pero sí que permanece como acontecimiento eterno de lo que fue y es, pero que resulta ya imposible traducirlo en momentos carnales de pasión, aunque quede el rescoldo de que fue real.

         Ni voy a intentar que usted pierda un instante para que comprenda que el fin de la existencia, próximo o menos cercano, es ley de vida que, guste o no, hay que aceptarla como un hecho normal al que todo estamos abocados.

          Ya he comentado buena parte de lo que deseaba, tan sólo quede constancia de que aquellos años de paraíso, niñez, infancia, ternura e inocencia se fueron para no volver, aunque a veces pienso que la ancianidad bien llevada, también vivida, debe ser otro manantío de felicidad que tengo que descubrir.






No hay comentarios:

Publicar un comentario