domingo, 4 de octubre de 2015

Cántame, chati, cántame




 Érase una vez un hombre y una mujer que llevaban casados más de cincuenta años, o sea, eran muy mayores; él, poco a poco, fue dándose cuenta de que ella iba perdiendo la memoria, esa que llaman próxima o cercana. Así que por una cosa o por otra, aunque vivían más juntos que nunca pues nada se interponía entre ello, iban viviendo cada vez con más intensidad lo que se denomina  soledad acompañada; a pesar de ello lo pasaban muy bien porque ella siempre tenía una sonrisa a flor de cara y como a él le agradaba contar tonterías, a ella la sonrisa se le cambiaba en una graciosa carcajada.

         Él se dio cuenta de que ella se olvidaba de lo más elemental, por ejemplo: comprar pan y cosillas por el estilo. Fue por ello, a pesar de que tenían una señora que les ayudaba en las cuestiones domésticas, que él decidió que los dos debían de almorzar todos los días fuera de casa y punto, y también alguna que otra noche.

         Y así llevan cerca de dos años almorzando en un coqueto restaurante que hay cercano a su hogar; piden un primero, un segundo y el postre, hablan algo, él le pregunta por cosas para que la memoria de ella no se deteriore del todo. Ella se cansa de pensar y a veces, no siempre, le pide a él que no le pregunte más; él la mira con amor, le coge la mano y asiente. Cuando él pide un “cortao”, ella se levanta y dice: “me voy a descansar, ¿te molesta?”. Le dice que no, y ella se levanta y marcha para el descanso que tiene ganado.

         Pero el otro día ocurrió algo extraordinario; ella, de sopetón, le pidió que le cantase algo. Él la miro sorprendido y le contestó que sabía que cantaba mal y, además, fuerte. “Es igual, tú me cantas para mí y flojito”. “¿Te parece bien alguna canción de Antonio Machín?”, ¡Sí!, exclamó ella.

          Y él, con un cariño más limpio que una patena, comenzó a tatarear “Dos gardenias para ti” y otra y otra y ella se reía como solamente ella sabe reírse, o sea, con esos dos hoyitos con los que desaparecen, o al menos eso piensa él, las arrugas de su rostro.

         Se estaban riendo de lo lindo, cuando un señor de unos sesenta años se acercó a ellos, pidió perdón por la intromisión y comentó: “Ustedes perdonen mi atrevimiento, pero es que estoy sintiendo envidia sana de cómo se lo pasan ustedes a su edad, verán: es que estoy en proceso de separación  y ya saben…”

         Se fue ella, marchó el comensal y él añadió al café un güisqui; sin darse cuenta un par de lágrimas resbalaron por su rostro. Salva, el camarero, se acercó y le preguntó si le pasaba algo: “no, Salva, estoy llorando de alegría”

         Sin que nadie se diese cuenta, disimuló como para coger una servilleta del suelo y besó la mesa, el altar, donde había tenido lugar el milagro; y dos cucharitas tintinearon como campanas.

3 comentarios:

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  3. Gracias, amigo Antonio.
    Confío en que Pepi vaya mejorando. Ya te llamaré un día de estos.
    Abrazos para los dos.
    Pepe

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