domingo, 27 de septiembre de 2015

Les va la vida en ello




 Carmen y Juan están enamorados desde hace un cierto tiempo, pero la dichosa política había introducido sus fauces en medio de ellos y la felicidad que se prometieron parecía tambalearse; siguen amándose, pero ya no es lo mismo pues pasan más tiempo hablando de las elecciones del día de hoy que echándole cemento, besos, a su proyecto de amor eterno.

         Carmen, que milita en la CUP, se siente independentista catalán y Juan es de Ciudadanos; hace un par de años paseaban como tantas otras parejas cogidos de sus manos, haciendo proyectos para el futuro y hablando del Barça y Messi.

         Hoy todo parece haber cambiado, pues un nuevo sentimiento ha venido a interponerse: la política y sus efectos. Han quedado en verse por Las Ramblas después de que cada uno haya depositado su voluntad ciudadana en una urna de cristal; ella es militante activa y se había apuntada voluntaria para ser apoderada de la CUP, Juan no es tan fiebre como ella y solamente ha ido a votar a Albert Ribera.

         Ambos son catalanes, de padres y abuelos catalanes, pero sus lugares de formación son diferentes, y para qué engañarnos: los estudios, al igual que dice la Iglesia de los Sacramentos, imprimen carácter, o sea, una especie de tatuaje intelectual del que es muy difícil desprenderse a no ser que la propia vida nos haga ver los hechos de forma diferente.

         Juan había conseguido, a trancas y barrancas, que Carmen no ejerciera como Apoderada durante la mañana. Se vieron y se besaron en sus mejillas con total naturalidad; hablaron algo de la lesión de Messi y coincidieron en que eran numerosos los votantes que habían acudido a ejercer su derecho ciudadano. En fin, nada del otro mundo.

         Farfullaban, pero no conversaban y miraban una y otra vez sus respectivos relojes esperando el momento en que ella, Carmen, decidiese que tenía que cumplir con sus obligaciones de afiliada; una extraña frialdad se había interpuesto entre ellos, algo así como un tenue cristal a través del que se veían, pero sin llegar a tocarse.

         Los dos sabían que una sola pregunta entre ambos podía hacer añicos el silencio que, aunque aplastante, todavía les unía, de manera que decidieron seguir callados.

         Pasado el mediodía, Carmen, mirando a Juan, comentó: “bueno, me voy”; y Juan, observándola, contestó: “vale”; pero él sabía que ella se había ido para siempre, aunque permaneciese con él.

Aunque sería justo afirmar que igual pudo ser al revés.

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