viernes, 18 de septiembre de 2015

Las gafas, el coronel y el abrazo




Uno de mis pocos entretenimientos en mi vaga existencia es echar un pitillo en la terraza de mi hogar y, desde ella, fisgar lo que ocurre en el ámbito que marca mi cansada vista; para tal cuestión, la de curiosear, desenfundo mis bifocales y miro alrededor. Lo que abarca mi vista es poca cosa, a saber: una acera que conduce a El Corte Inglés, frente por frente a la terraza un restaurante recién abierto de nombre Hispania donde almuerzo de forma módica, pero decente y bien servido, con la “pastora”, y la ventana izquierda de la “parroquia” el Gran Vía, donde alabo una y otra vez a dios Baco.

         Pues bien, el otro día sería un poco más de las 16:00 horas asomé mis deseos de curiosear por la balconada de mis amores y he aquí que, sin saber todavía la causa, las gafas resbalaron de mis manos y fueron frenadas en su caer por el gris asfalto; ya se pueden imaginar el repullo que se introdujo en eso que llaman cuerpo y que ya ni siquiera miro cuando salgo de la ducha para secarlo y acicalarme.

         Las bifocales fueron recogidas con sumo cuidado por una mujer musulmana que, bendito sea Alá, miró hacia el cielo, mi terraza, buscando al dueño de la misma; andaba por la ventana izquierda de la “parroquia” un buen amigo, el coronel le llamamos porque lo es, echando un cigarrillo, cuando voceando su nombre como un energúmeno le avisé que pidiese las gafas a la señora antes nombrada que, porque sí, seguía mirando el celeste azul de la tarde septembrina.

         Así lo hizo y recogiéndola con mimo difícil de describir me dijo que faltaba uno de los cristales, o sea uno de mis ojos. No te preocupes, le contesté, pero él, con lacónica respuesta me contestó: tú, tranquilo. Y emprendió la búsqueda del anteojo derecho de las gafas; con gran estrategia, normal en él, y sin darse jamás por perdido la encontró y alzando la mirada solamente una palabra salió de sus labios: chachi, me dijo, alzando algo la voz, lo necesario para que su mensaje llegase al segundo de los pisos del bloque.

         Cuando a la hora, tras el copo nuestro de cada día, me incorporé al júbilo parroquiano para saber de mis íntimos prismáticos, ella, la maravillosa criatura femenina que adorna la entrada al templo sacrosanto del mencionado dios, se fundió conmigo en el más maravilloso y sensual abrazo vivido por el menda al tiempo que me susurraba la mágica frase de “no sabes cuánto me he acordado de ti”.

         Todavía hoy, cuando ha transcurrido una triada de días, siento en mi ser el torbellino de mi rubor por tan mágica expresión de cariño. Una vez dentro del Gran Vía, las gafas primorosamente limpias esperaban mi afecto, pero todo él lo había depositado en el cuerpo de ella.

         Hacía años que no sabía, de saborear, el abrazo de una mujer; por ello lo narro, para que conste aunque no importe a nadie.

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