sábado, 26 de septiembre de 2015

El mendigo Juan




En la puerta de una iglesia, medio afuera medio adentro, se pone Juan el mendigo para ganar dinero y dar comida a su gente; pasan fieles al precepto de oír completa la misa, escaso tienen el tiempo de ejercer la caridad, y ahora no es el momento.

Medio adentro medio afuera, en el pórtico del templo espera el mendigo Juan a que se sienten muy serios los cristianos que a su paso le negaron alimentos. Se rebusca en el bolsillo, enciende un cigarro negro y recuenta las monedas entre sus morenos dedos.

Nunca estuvo en la capilla, y está sintiendo el deseo de colarse como bruma entre tantos hombres buenos. Da al cigarro una calada, expele los humos lejos, se santigua como puede y abre la puerta con miedo.

Cargadito de temblores secó el sudor con pañuelo; se adentra por el pasillo, busca sitio en los asientos y entre el cuarto y sexto banco consigue tener un hueco.

La señora de la izquierda se mueve con bamboleo, vaivenes con sus tacones hacia el pasillo del centro. El sitio se pone grande para el pobre limosnero. “La gracia y la paz de Dios esté con todos vosotros”; el padre cura está hablando, lo contempla Juan absorto. Nunca le entregó moneda,  pero llega al templo pronto, y aparca su coche nuevo a la vera del madroño.

Buenos días señor cura, pero parece que es sordo.  Antes de celebrar misa, recitemos los pecados; la de los altos tacones baja sus ojos de cardo. Juan el silencio percibe, levanta sus ojos alto y un suspiro se le escapa: “mi amor no probó pecado”. Carraspeo en la derecha: “silencio estamos rezando”.

“Gloria al Dios del Universo y en la tierra paz”“Y papas, sustento, comida y sal que mi niña se me apaga si no llevo del mercado botellas de leche blanca.” Le dio cosilla el decirlo, se lo dejó en las entrañas, no quiso gritarlo fuerte para no romper la calma.

Abrieron los Libros Santos, leyeron trozos amenos de las andanzas de un Hombre de profesión carpintero, multiplicaba los panes y repartía alimentos a todos los hombres pobres.

Decía Juan pensativo: “No hay pobres en los templos”.

3 comentarios:

  1. Yo no voy nunca a misa pero me merecen el mismo respeto al que le sobra el dinero y aquel que se cae de flaco. Qué cierta es la hipocresía del que se da golpes de pecho mientras patea al débil, lo desprecia o se hace el ciego. Hay mucha ironía en tus versos pero son una realidad. Un beso.

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  2. Qué quieres que te diga.
    Yo iba a misa; ya no. Gracias por saber "otear" la ironía en los orondos octosílabos. Pues sí, existe demasiada hipocresía.
    Besos y gracias.

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  3. Gracias por percibir la ironía en los orondos octosílabos.
    Sí, demasiada hipocresía.
    Besos.

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